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Me sentí como elefante en cristalería, soy muy consciente de mis torpezas.
Me fui moviendo muy lentamente entre los pasillos, vitrinas llenas de fragilidades cuyo valor le es dado, no solo por su belleza sino por el pasar del tiempo.
Sí, hace poco acompañé a mi nuera a una tienda de antigüedades.
Mientras ella buscaba un regalo para una amiga, yo me entretuve paseándome por los pasillos, detallando cada anciano plato de porcelana, cada filigrana tallada en jarras y copas; admirando la historia de cada objeto, me imagino algunos de más de cien años.
Pensando en el valor de estas reliquias, sucedió algo curioso. De pronto me tropecé con un recuerdo de mi infancia.
Por un momento me trasladé a la nevera de mi casa caraqueña a sacar una gelatina que siempre servían en unos platitos tallados de color rosado.
Allí estaban aquellos recipientes para el postre de mi infancia. En ellos me regodeaba con ensalada de frutas, natillas o mousse de parchita.
Seguí mi periplo entre espejos, relojes, collares, saboreándome.
Mi nuera apareció diciendo que no había conseguido lo que quería así que nos íbamos.
Al final no quebré nada y salimos de la tienda.
Yo que estoy en pleno proceso de minimizar, no me pude resistir a este dulce dѐjá vu (ya visto, o en este caso ya comido).
Volveré por mis copitas rosadas.
Definitivamente las cosas viejas tienen un encanto.
Eso espero, porque para antigüedad: yo.