
Imagen generada por la IA
Un potrillo tarda apenas una hora en correr por el campo tras nacer, poniendo a prueba sus patas aún finas con una precisión casi increíble. La jirafa necesita casi un día entero para finalmente equilibrarse sobre sus torres vertiginosas. En la naturaleza, la urgencia es la regla: o aprendes a caminar rápido, o te conviertes en presa.
Nosotros, los humanos, nacemos a la mitad. Somos frágiles, inacabados y totalmente dependientes. Nos toma años —y una dosis enorme de paciencia parental— aprender a sostenernos sobre nuestras propias piernas, decodificar el mundo y volvernos autónomos. Es una lentitud casi absurda frente a la eficiencia del Reino Animal.
Pero hay algo poético en esta larga gestación nuestra fuera del útero.
Me di cuenta de esto hoy, al observar a un padre en el parque. Empujaba un cochecito de bebé bajo la sombra de los árboles, deteniéndose cada pocos pasos. Apuntaba con un entusiasmo contagioso hacia las ramas más altas:
—¡Mira, hijo! ¡Ahí! ¡Un pajarito! ¿Viste el pajarito?
El bebé, envuelto en mantas, miraba en esa dirección general con esos ojos enormes y desenfocados. Es casi seguro que el niño no tenía idea de qué era un pájaro, tal vez ni siquiera podía distinguir la copa de los árboles del cielo. No importaba. Lo que hacía la escena profundamente conmovedora no era la capacidad de comprensión de ese pequeño ser, sino la voluntad sincera e incansable de ese padre por presentarle el mundo a su hijo.
A diferencia del potrillo o de la jirafa, nuestro tiempo no se va solo en aprender a huir. Se va en aprender a mirar. Esta lentitud biológica nuestra, que exige años de dedicación, es justamente lo que nos da espacio para el afecto. Es el tiempo que tenemos para aprender no solo a caminar, sino a admirar los pajaritos y a desarrollar la gratitud.