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—Hay una caja en tu casa que lleva seis meses donde no debería estar. Sabes cuál. No mires ahora. Bueno, mira. Ahí está. Llevas meses pensando: «Tengo que mover esa caja».
—Perfecto. La fase de diagnóstico parece concluida. Quizá deberíamos crear una comisión.
—Primera reunión: la caja supone un problema.
—Segunda: lleva demasiado tiempo ahí.
—Tercera: alguien debería hacer algo.
—¡Por unanimidad! Enhorabuena: acabamos de inventar la política. Ahora levántate y mueve la caja. Sí, tú. No esperes al final del artículo. No hay ningún giro argumental que vaya a moverla por ti. ¿Ya? Excelente. Acabas de mejorar el mundo. Muy poco, no nos vengamos arriba, es una caja. Pero estaba ahí y ahora no. Prueba otra. Baja la basura. Riega esa planta que empieza a mirarte con resentimiento. Aprieta el tornillo. Pon la mesa. Arregla el enchufe que lleva dos años esperando «un momento».
—Somos extraordinarios detectando cosas que deberían cambiar: el trabajo, el edificio, el barrio, el país. También sabemos por qué no hacemos nada.
—Porque una vez lo intentamos y nadie nos siguió. Dos veces, incluso. Caso cerrado. Ocho mil millones de seres humanos, dos intentos y ya tenemos estadística suficiente.
—Quizá la próxima vez no necesites convencer a veinte. Busca a uno. Y no le preguntes si quiere «implicarse». Nadie quiere implicarse. Pregúntale si el sábado tiene veinte minutos para arreglar contigo eso de lo que ambos lleváis seis meses quejándoos. Si dice que no, busca a otro. Si nadie viene, haz la parte que puedas tú. Y si sale mal, prueba otra cosa.
—Qué fastidio, ¿verdad? Resulta que «no se puede hacer nada» exigía muchísimo menos trabajo.
—No vas a cambiar el mundo esta tarde. Relájate. Solo estamos intentando comprobar una cosa: que todavía puedes modificar unos centímetros de realidad. Después veremos hasta dónde llegas.
—Por cierto… ¿moviste la caja?