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¿Cómo se definiría actualmente a un «niño feliz»?
Si pensamos en los niños con mayor exposición mediática —como los hijos de Messi, Cristiano Ronaldo, Beckham o, en su momento, los príncipes Guillermo y Enrique, hijos de Diana y Carlos de Inglaterra—, es evidente que no solo no les falta nada, sino que les sobra de todo. De la planificación de su alimentación probablemente se encarga un nutricionista, y un chef profesional la ejecuta. Su ropa y calzado provienen, sin duda, de reconocidos diseñadores. Y sobre sus juguetes, ¿qué más se podría añadir?
Sin embargo, nada de eso responde a la pregunta inicial.
Permítanme intentar responderla (me despacho y me doy el vuelto):
Existen padres que abarrotan la habitación de sus hijos con juguetes que solo llaman la atención mientras son novedad, lo que obliga a renovar el repertorio semana tras semana. En esta época predominan los dispositivos electrónicos y los videojuegos. Para usarlos, los niños deben, literalmente, encerrarse en su cuarto: aislarse, no socializar, no compartir con sus pares ni con su familia. ¿Realmente esto los hace felices? ¿O acaso han visto a un niño reír a carcajadas frente a una pantalla?
La verdadera felicidad aparece en otro escenario: cuando los niños juegan con sus padres y corren los unos tras los otros. El padre se cansa, pero el niño nunca se aburre; por cada pirueta que hace el adulto, el hijo pide redoblar la apuesta, y ante cada mueca del abuelo, el niño exige otra más. Esa risa espontánea es la verdadera cara de la felicidad.
Un niño es feliz cuando tiene cubiertas sus necesidades básicas —alimentación, descanso, vestido y calzado— pero, sobre todo, cuando cuenta con el afecto sincero y la protección de sus padres. Y si los abuelos están presentes, mucho mejor.
Recalcó lo dicho en otras ocasiones: para hacer de un niño un adulto sano solo necesitamos 3 cosas, una buena alimentación que permita un desarrollo armonioso del cuerpo y del cerebro, mucho afecto – no negociable por juguetes- y límites.
Los límites deben ser claros, precisos y sin ambigüedades; y por supuesto compartidos por ambas padres. Nadie más pone límites.
Límites no quiere decir,gritos, palabras soeces, denigrantes o degradantes ni mucho menos castigos físicos o corporales y por último no sustituir el afecto por el teléfono o tableta.