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Aquel reclamo célebre de Andrés Eloy Blanco pedía inclusión en los lienzos sagrados; le exigía al artista mirar la realidad con otros ojos y cambiar la paleta, este poema me recuerda lo que pedimos a un pintor más íntimo que nos habita, ese artista diminuto en nuestra piel quien, en silencio, con el paso del tiempo también decide cambiar de técnica, el artesano del folículo piloso, el pintor de nuestras hebras de cabello.
Suelo imaginar la cabeza humana como una pequeña galería viva, en la profundidad de la piel, la dermis, nace cada cabello, es parte del trabajo en equipo de dos artesanos invisibles, el queratinocito que teje la hebra con paciencia de hilandera, y el melanocito o pintor encargado de teñirla con la melanina exacta de nuestro origen.
Durante décadas, ese artista sin descansar mezcla los tonos de la herencia y vierte la pintura para que el pelo salga brillante y lleno de color, pero los estragos del tiempo de la vida terminan por agotar los colores de la paleta, y claro que un tanto la genética interviene igual. Con el paso de las tormentas del estrés, donde las ráfagas del viento llevan al pintor a gastar sus cartuchos antes de tiempo, el melanocito agota su reserva, solo que el tejedor no se detiene, así que ante la pregunta habitual en consulta si las canas se aceleran con el estrés, la respuesta es sí. El queratinocito sigue construyendo la hebra con la misma firmeza de siempre, pero ahora la entrega en su estado más puro e incoloro. La cana es un cabello desnudo, aunque se observa pintada de blanco plateado, es una fibra cristalina que refleja la luz y que el ojo humano interpreta como plata.
La próxima vez que descubras un hilo plateado asomándose en la sien, piensa en el pintor como testimonio grabado de los soles caminados, de los desvelos resistidos y de las risas acumuladas.