
Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=KTT7Es2V3Uc&t=138s
Aquel día vive en mi memoria. Es posible que olvide, por momentos, lo que debí aprender, pero nunca cómo me sentí.
Deseaba que mi madre estuviera orgullosa de mí y para eso me había pasado tres días aprendiéndome de memoria la lista de las Provincias de España con sus respectivas capitales para que cuando Sor Inés, la malvada maestra de geografía, me las preguntara se convirtiera en estatua de sal y le dijera a mamá que yo era un portento.
Yo vivía repitiendo binomios tipo: Álava… Vitoria, Córdoba… Córdoba, La Rioja… Logroño y así las 52 provincias. Las aprendí al derecho y al revés por orden alfabético o por azar utilizando un bombo del que sacaba el nombre de una de ellas.
Llegó el momento definitivo. Mis compañeros estaban pendientes de la entrada de Sor Inés y apostaban a que yo los vengaría frente a ella. Entonces ella entró como una larga sombra, nos pusimos de pie, sin sonreír, desplegó un mapa de España e hizo un leve gesto para que tomáramos asiento. Yo, iluso, le mandaba mensajes mentales para que me interrogara primero y lo peor es que resultó la estrategia. Me apuntó con una larga vara, me puse de pie y dijo indicando el mapa:
– Señala en el mapa la capital de Ávila.
El tiempo se detuvo. “¿Cómo que señale en el mapa?… Esto no está bien, no señor… solo tengo que decir Ávila… ¿verdad?… ¡Eso es todo!” No sé si era el mapa o mi cabeza, pero todo daba vueltas y yo no encontraba a Ávila en aquel remolino. Sor Inés, como un buitre paciente, seguía esperando. Todos esperaban, pero yo solo balbuceaba en mi mente una pregunta “¿Qué está pasando?” Era como si me hubieran robado el alma o el universo entero me hubiera traicionado.
Por supuesto nadie me había traicionado y mucho menos el universo que está ocupado en cosas más importantes. Tampoco era Sor Inés otra cosa más que una maestra exigente. Simplemente yo no estaba preparado para lo inesperado.
Era paradójico que, después de haberme capacitado tanto, pareciera no saber nada, pero, como aprendí al leer al dramaturgo suizo Friedrich Dürrenmatt por consejo de Manolo, la paradoja es el centro de nuestra existencia y lo mejor es aceptar que mientras más buscamos algo, también puede ocurrir que encontremos lo contrario.
Aquel día viví otra paradoja, cuyo inesperado resultado me gustó, Cuando le conté a mi madre lo que había pasado, lejos de regañarme, me compró un helado.
– La próxima vez lo harás mejor.