
Jardín florido (1888),
Fuente: https://www.wikiart.org/
Después de saber dónde y cómo sentar las bases para crear cualquier jardín con flores, hay que decidir qué sembraremos para poder seguir adelante.
Primero, debemos saber cuánto durará lo que queremos sembrar. Hay plantas anuales, bianuales y perennes, un asunto que hay que manejar con atención, más allá de si nos gusta su color o su forma.
Las anuales nacen de semilla, florecen y mueren en una sola estación. Su ciclo de vida es corto. Por su parte, las bianuales tardan más en desarrollarse: en una primera estación muestran solo hojas y en la segunda florecen. Algunas pueden vivir más de dos años, crecen más despacio y suelen ser un poco más costosas.
Las anuales pueden reemplazarse continuamente, aportan color rápidamente y llenan huecos o bordes donde haga falta gracias a su rápido crecimiento. Ofrecen variedad porque permiten experimentar con varias especies en un solo año, sin necesidad de contar con un terreno grande. Se siembran en épocas calurosas o en invernadero para protegerlas de los vientos helados y las lluvias fuertes.
Su punto débil es que no dan color todo el año. Aquellas que se siembran en primavera difícilmente llegan a octubre; tras la floración, la planta se debilita, decae y deja ver una parte verde y otra amarillenta. Solo algunas anuales, como las petunias y las caléndulas, logran florecer en países fríos hasta el final del año. Entre las más conocidas, fáciles de conseguir, hermosas y de colores impactantes, destacan: petunias, alegrías (o impatiens), begonias, cosmos, bocas de dragón, girasoles, capuchinas, lobelias, dalias y espuelas de caballero.
Entre las bianuales más populares encontramos los claveles, las violetas y las flores de seda.
El clima general de cada región es un factor determinante. En sitios sin heladas, algunas especies como el pensamiento, el alhelí o la campánula pueden vivir varios años, pasando a otra categoría. También contamos con las bulbosas (lirios, narcisos, azucenas, amarilis, tulipanes), que no se obtienen mediante semillas, sino a partir de bulbos. Florecen en unas seis semanas y son propias de cada época, por lo que se clasifican como bulbos de primavera, verano, otoño o invierno.
Por último, tenemos las que más duran: las perennes, que pueden vivir tres años o más. Florecen en primavera y pierden la parte aérea cuando bajan las temperaturas en los meses fríos. Requieren poda, división y reubicación periódica. Es importante destacar que sus masas de color ganan mayor presencia a medida que sube la temperatura, cuando es posible formar grupos de 45 centímetros a un metro de ancho. Impactan mucho más así que si se distribuyen de forma dispersa por todo el jardín. Además, representan una fuente permanente de alimento para abejas y mariposas: lavanda, equinácea, salvia, iris…
¿Y los geranios? Los hay anuales, bianuales o perennes. ¡Son sorprendentes!
Tampoco hay que dejar de lado las rosas. Aunque su cultivo bordea el terreno del coleccionista, además de los rosales medianos y grandes existen especies para macetas pequeñas y medianas que se adaptan de maravilla dentro de un jardín variado.
Así que tomen nota de qué les gusta, sus tiempos de floración y su tamaño. Porque más allá de imaginar combinaciones de colores, formas y perfumes preferidos, la mejor planificación se cae si, con el paso de los meses, las plantas con las que contábamos cumplen su ciclo antes de lo previsto.