
Hoja de calendario 1900
Fuente: https://artvee.com/
Noviembre es como ese invitado que llega a la reunión cuando uno ya está recogiendo los platos. Aparece sin hacer mucho ruido y nos pregunta: «¿Qué pasó aquí? ¿qué hiciste todo el año?».
Porque noviembre es eso: el mes en que descubrimos que enero fue hace una eternidad, que los propósitos de Año Nuevo quedaron archivados junto con las dietas del lunes y que todavía tenemos pendiente aquella llamada, aquel viaje y, por supuesto, aprender a usar esos comandos de la IA que vimos en Instagram.
Es el mes de los difuntos en muchas culturas, de las flores en los cementerios y de esas visitas que nos recuerdan que la vida, aunque parezca muy larga cuando estamos esperando que llegue el viernes, es sorprendentemente breve cuando miramos hacia atrás.
También es el mes en que el comercio empieza a convencernos de que la Navidad está a la vuelta de la esquina. Las luces aparecen, los escaparates se visten de fiesta y uno comienza a sentir que, si no compra algo ahora, el Niño Jesús podría no conseguir después lo que le pidieron.
En Venezuela, noviembre suele ser una antesala particularmente sonora de diciembre. Se escuchan gaitas, se desempolvan las recetas de hallacas y reaparece esa fe inquebrantable en que este año sí nos vamos a reunir todos. Aunque estemos regados por el mundo y todavía no tengamos el pasaje.
Noviembre es el mes que nos obliga a hacer lo que el resto del año evitamos: mirar la lista de los que ya no están. A los cuarenta, tenía pocos nombres. A los sesenta o setenta, es más larga. Y, en cambio, la lista de los que sí están, los que hoy podrían contestar el teléfono, la solemos dejar para «cuando haya tiempo».
Quizás por eso noviembre debería ser el mes de las reconciliaciones, de las llamadas sin motivo, de los abrazos que no necesitan una fecha especial. Recordemos que, al final, la vida se mide por las personas con quienes hemos compartido el camino.
Y si noviembre nos encuentra todavía aquí, con algunas arrugas y canas nuevas, ciertos sueños pendientes y la capacidad intacta de celebrar la vida, pensemos que todavía nos queda un mes para terminar el año y, si somos sinceros, ¡toda una vida para empezar de nuevo!