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Decir que viajar es placentero es llover sobre mojado. A mí, particularmente, me encanta viajar, y el placer comienza desde la llegada al aeropuerto, incluso antes de abordar el avión. Antiguamente, el primer control era lo más engorroso de todo el proceso; ahora, por fortuna, ese fastidio parece haber quedado atrás.
Uno llega al terminal con el pase de abordar en el teléfono móvil, un lector óptico lo reconoce y autoriza el acceso. Así de sencillo. Superado ese primer obstáculo, se entra en el área comercial, donde se exhiben restaurantes y tiendas que ofrecen desde artículos de primera necesidad hasta las mercancías más extravagantes y vistosas, muchas de ellas a precios que parecen competir por alcanzar los más altos del mundo.
Se supone que estamos en una zona libre de impuestos, pero más de una vez me ha ocurrido que un mismo artículo resulta más caro en una tienda duty free que en cualquier establecimiento de la ciudad. Misterios del comercio moderno.
Pero, como mirar no cuesta nada, me divierto contemplando todo aquello que no puedo comprar. Y, sin embargo, hay algo a lo que difícilmente renuncio: comprar un mocaccino en una máquina expendedora de café y disfrutarlo tranquilamente, sentado a una mesa, mientras observo el desfile incesante de viajeros. Me gusta contemplar sus rostros, sus prisas, sus encuentros y despedidas. Cada quien parece llevar consigo una historia, aunque uno nunca llegue a conocerla.
Hubo una época en Venezuela en la que tenía que viajar a Caracas cada quince días. Salía de Mérida el viernes por la mañana y regresaba al día siguiente, también por la mañana; alguna vez, incluso, volvía esa misma tarde. Era un ir y venir que suponía un sacrificio, pero que encontraba su recompensa en un sencillo ritual: tomarme un mocaccino en Maiquetía.
Visto desde fuera, quizá parezca una compensación insignificante para tanto trajín. Para mí, sin embargo, tenía su encanto. A veces, los pequeños placeres son suficientes para reconciliarnos con las incomodidades de la vida.