
Final del otoño, 1899
Fuente: https://commons.wikimedia.org/
Al cumplir cien años, ella celebró ser veinte años mayor que su marido, quien apenas había logrado llegar a los noventa. Él le pedía disculpas por la diferencia todas las mañanas, como si la edad fuera un simple error de aritmética.
Entonces, él se enfermó.
Sus síntomas eran raros. Cada martes perdía una década. El jueves insistía en que el techo se había vuelto alfombra. Los médicos le recetaban paraguas, pero solo para los muebles, contra los cuales él levantaba la pata derecha y se aliviaba, tal cual el perro Totó.
Ella lo observaba con un fastidio creciente, suspirando: «Uno llega al centenario esperando menos responsabilidades, no más».
Así fue como terminó acomodándolo en una residencia de ancianos decente, donde los pasillos daban curvas educadas en esquinas que aún no se habían construido. Las enfermeras hablaban únicamente en tiempo futuro. Las comidas llegaban ayer. Los visitantes tenían que pedirle permiso a su propia infancia.
Finalmente libre, se dio a viajar sin parar. Bebía champán en desiertos donde los peces negociaban hipotecas. Jugaba en casinos donde las ruletas hacían girar continentes en vez de números. Una vez se ganó el Océano Pacífico y lo perdió al instante contra un flamenco zurdo que alegaba inmunidad diplomática.
Llegaban postales de lugares que negaban su propia existencia.
Mientras tanto, el viejo mejoraba de forma espectacular. Libre de la angustia de ella, recuperó las décadas perdidas y adoptó a tres nietos invisibles.
Años después, coincidieron por casualidad en una estación de tren donde ya ningún tren paraba, porque sencillamente ya habían llegado.
—Has envejecido bien —dijo él.
—Eso espero —respondió ella—. Bastante que he practicado.
Totó los olfateó y no reconoció a ninguno de los dos.
Todos estuvieron de acuerdo en que aquello cerraba el asunto de maravilla.