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Gente que Cuenta

Pirotecnia,
por Lucy Gómez

Fuegos artificiales Atril press e1785971995710
Una vista de los fuegos artificiales e iluminaciones en la residencia de Su Gracia el Duque de Richmond en Whitehall y en el río Támesis el lunes 15 de mayo de 1749. Representado bajo la dirección de Charles Fredrick.
Fuente: https://commons.wikimedia.org/

Esa noche de verano, como muchas otras, se iluminó el cielo y sonaron explosiones. Eran los fuegos artificiales que marcaron el final de las fiestas del pueblo de al lado, pero podían verse a distancia. Diez minutos impresionantes que me pusieron al día con la variedad de colores, diseños y belleza que se despliega centenares de veces en la costa mediterránea.

Era una coreografía con libreto largo: entradas de luces, despliegue y diseño de figuras. Nada que ver con los de mi infancia, que no pasaban de ser luces doradas que subían algunos metros en el cielo, casi siempre en Año Nuevo.

Se han industrializado de tal manera que hay leyes que regulan su uso o los prohíben, como es el caso de Países Bajos, donde no solamente tomaron en cuenta el riesgo que supone usarlos de manera inconveniente, sino su efecto en las mascotas, que se asustan y pasan tiempos malísimos cuando los oyen.

Estoy segura de que el sabio chino que los inventó en el siglo X, trabajando con pólvora negra, no llegó a imaginarse la proyección y el dinero que actualmente se gasta en ellos, el espectáculo que forman de metros y metros en el cielo y la cantidad de colores y formas que pueden tomar. La leyenda dice que, buscando la receta de la inmortalidad, dio con la fórmula que permite combinar la pólvora negra con distintas sales para obtener colores. En aquella época, se popularizaron para espantar malos espíritus en las ceremonias religiosas.

La reacción de cada sal libera energía que se hace visible porque cada una tiene una longitud de onda específica. Se usan básicamente: la de potasio que da el color lila; la de hierro, el anaranjado; el amarillo lo origina el sodio. Los verdes son producidos por la sal de cobre, que los intensifica, y el bario produce el verde pálido. El rojo suave viene de la sal de litio y de la de estroncio, el rojo intenso. La luz blanca, del aluminio y el magnesio.

Llegaron a Europa con la expansión árabe. Hoy se comercializan no solo para divertirnos, sino también para señalamiento y localización en el transporte terrestre y aéreo, en agricultura y ganadería, incluyendo las tiras detonantes que provocan lluvia. Los hay con luz resistente al agua que se convirtieron en marcadores submarinos. Otros tienen efectos sonoros, útiles en la minería, en la capacitación militar y en la industria automotriz.

Por supuesto, son parte de la industria turística de países como España o Alemania, que a lo largo del Rin creó festivales inolvidables de luz, música y video. Portugal ha hecho famosa su fiesta de Funchal en Año Nuevo, donde pareciera que la isla de Madeira arde completamente.

El Diwali hindú se celebra en octubre y noviembre por cinco días, cuando se festeja que la luz (el bien) vence a la oscuridad. Japón lo hace en Hokkaido, otra isla donde se busca igualmente el efecto de sentirse rodeado de luces, sonidos y colores. Canadá publicita su Celebration of Light en la bahía de Vancouver, que acaba de pasar.

Seas o no fan de ellos, son inolvidables.

Lucy Gómez
Lucy Gómez es periodista egresada de la Universidad Central de Venezuela. Fue jefe de redacción y de la sección política, de varios diarios de Caracas y Valencia, durante más de veinte años. es experta en el cultivo de huertos de hortalizas y flores. lucygomezpontiluis@gmail.com

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