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Fueron segundos, y sin embargo mi teléfono ya lo intuía. Le había comentado a un amigo, en una conversación perdida, la posibilidad de comprar un teclado que simula una vieja máquina de escribir. Un comentario inocente, sin buscarlo en ningún lado. Bastaron esos segundos para que mi teléfono mostrara anuncios de teclados vintage y máquinas de escribir clásicas. Tuve esa sensación inquietante: la gran G me estaba escuchando.
Durante años, hemos compartido esa sensación: hablamos de vacaciones y —arte de magia— aparecen hoteles y vuelos baratos. Comentamos una enfermedad y de repente surgen medicamentos y clínicas. Mencionamos un libro y, de pronto, nuestra pantalla se llena de reseñas y entrevistas. Es increíble. Esa sospecha se ha vuelto parte de nuestro imaginario: nuestros dispositivos tienen la capacidad de escucharnos.
Quizás la pregunta no sea si nuestros teléfonos tienen esa capacidad, sino: ¿será que nos conocen demasiado bien?
Vivimos rodeados de algoritmos que anticipan nuestros deseos y generan emociones que, la mayoría de las veces, no podemos ignorar — moldean nuestros gustos y cambian nuestra percepción de la realidad. Pero esto no es nuevo: la psicología lo llama sesgo de disponibilidad, la tendencia a considerar más importante lo que recordamos con facilidad. Somos, como dijeron Fiske y Taylor, “tacaños cognitivos”: preferimos el atajo. Reaccionamos rápido, pero distorsionamos la realidad.
Por eso solemos sobreestimar hechos ocurridos después de ver noticias impactantes, o creer que un problema es más común simplemente porque aparece constantemente en nuestra pantalla. Lo que se repite adquiere connotación emocional, y parece real.
Y lo sorprendente es que los algoritmos —las empresas detrás de ellos— entendieron esto antes que nosotros.
No necesitan manipularnos directamente: basta con decidir qué aparece primero, qué se repite y qué permanece. Si en el siglo XX la propaganda usaba medios tradicionales, hoy cada usuario vive en una realidad personalizada. Dos personas pueden compartir el mismo espacio y habitar mundos completamente distintos — diferentes noticias, anhelos, miedos y verdades. La batalla moderna no es la información: es el control de aquello que recordamos.
Byung-Chul Han lo advierte: la atención es hoy el recurso más valioso, y todo compite por capturarla. En ese ruido, lo importante no siempre es lo verdadero sino lo que nos emociona. Platón ya imaginó hombres confundiendo sombras con realidad — la diferencia, dos mil años después, es que las sombras han aprendido nuestros hábitos.
Quizás internet produce la ilusión más poderosa de nuestra época: la ilusión del consenso. Lo que se repite miles de veces parece verdad; lo visible parece importante. Pero el problema no son solo los algoritmos — también somos nosotros. Nuestro cerebro prefiere la certeza a la duda, y las redes aprendieron a explotarlo. La genuina resistencia es una sola: recordar que la visibilidad no equivale a importancia, y que lo que se repite no necesariamente es verdad.
Aquello que está presente en nuestras pantallas puede terminar subyugando nuestra percepción del mundo.
Unas horas después de aquella conversación, donde hablamos de teclados, volví a revisar mi dispositivo. En él continuaban los anuncios, todos escrupulosamente escogidos según mis más íntimos intereses. Por un instante pensé nuevamente que mi teléfono me escuchaba, pero luego recordé: quizás nunca necesitó hacerlo.