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Montones de hojas rojas terminadas en cinco puntas se acumularon en las aceras del pueblo los últimos meses de frío del año pasado. Eran de arces. Al final de una calle, en un pequeño parque, otro árbol espectacular de más de 20 metros, con casi todas las ramas desnudas, dejó semanalmente un gran lago rojizo.
Aquel rojo, con un toque de ladrillo y otro de vino, era absolutamente espectacular, así que me pareció que sería base de un buen diseño. En cualquier caso, recordar el dibujo o tomarlo de la red no tiene tanto encanto como la naturaleza; por eso recogí algunas hojas. Meses después, a aquellos árboles pelados les han vuelto a salir otras hojas, pero de color verde claro. A algunas les asoman racimos de florecitas pendulares y pequeñas.
Y he vuelto a pensar en los arces, que no solo llenan el mundo de colores, sino los supermercados de azúcar y los estadios de bates. Estos meses es la cosecha del arce azucarero, con el que se produce desde miel hasta caramelos, en Quebec y el norte de Estados Unidos. En 2024, Canadá produjo casi 20 millones de galones de jarabe, el 73% de la producción mundial. Otros arces se siembran por su madera: el “duro” y el “blando” son de alta resistencia. La Liga Mundial de Béisbol prefiere los bates que se hacen con ella, al igual que las grandes carpinterías, ebanisterías y fábricas de instrumentos musicales. Tan fuertes son que, en la antigüedad, servían incluso para hacer lanzas.
Esos son los arces grandes. Pero —y aquí está nuestra oportunidad— los hay de todos los tamaños. Además de hacer bonsáis con ellos, se encuentran especies pequeñas, de entre 2 y 4 metros, cultivables en maceta. El “japonés”, cuyo nombre científico es Acer palmatum (usarlo es muy útil para minimizar errores en los pedidos a las empresas de jardinería), tiene, entre otras, dos especies muy llamativas: la Atropurpureum, de color rojo oscuro o morado intenso casi todo el año, y la Dissectum, con ramas caídas y hojas muy finas y delgadas. Los colores, además de los rojos y morados, incluyen rosa, blanco y naranja intenso, casi dorado. Oscilan entre los 2 y 10 metros y pueden vivir en macetas, donde no suelen pasar de los 3 o 4 metros. Cultivar en maceta reduce mucho la altura de la planta.
Las semillas tardan: tienen que pasar tres meses en la nevera y de uno a dos meses en un semillero para imitar su ambiente original y, al fin, poder nacer. El cultivo tiene dos particularidades. Primero, requiere un suelo especial, el mismo que las hortensias; así que pidan tierra para acidófilas en los viveros. Y segundo, requiere que se les resguarde del viento y de los solazos inclementes. En caso de veranos insoportables o de países tropicales, búsquenles un sitio donde haya sol de mañana y sombra de tarde. Rieguen con agua reposada durante una noche y no olviden el abono mensual, también para acidófilas.