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Gente que Cuenta

Belleza fugaz,
por Juan Carlos Sosa Briceño

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“No amamos las cosas a pesar de que pueden perderse. Las amamos también porque pueden perderse…”
Fuente: https://unsplash.com/

Dos veces al año, al atardecer, cientos de personas se reúnen en las calles de Manhattan y miran hacia el oeste. Ocupan las calles y las aceras, levantan sus teléfonos y esperan ansiosos. En una ciudad que vive acelerada, una multitud hace una pausa para contemplar cómo el sol desciende entre los edificios.

El fenómeno se conoce como Manhattanhenge. Durante unos minutos, el Sol queda perfectamente alineado con la cuadrícula de las calles, y parece suspendido al fondo de una larga avenida, enmarcado por los rascacielos. Después desaparece.

Nadie viajaría hasta la ciudad que nunca duerme para contemplar un Sol que permanece eternamente detenido entre los edificios. La belleza del fenómeno depende, en parte, de su brevedad.

Algo semejante ocurre con muchas cosas en nuestro universo, y sobre todo de nuestra vida. Nuestra infancia, una amistad, la presencia de nuestros padres, una conversación alrededor de una mesa o una tarde en la playa. Mientras estamos viviendo la experiencia, casi nunca nos percatamos de que asistimos a algo irrepetible. Solo tiempo después comprendemos que aquel día, que parecía uno más, formaba parte de un tiempo que no regresaría.

Solemos imaginar que lo permanente tendría más valor. Pero si todo fuera eterno, también podría postergarse. Siempre existiría la posibilidad de otro juego de canicas, otro abrazo, otro beso a nuestros padres, otro café para conversar y otra tarde en la playa. Quizá sea la finitud la que vuelve verdadera la vida.

Esto no significa hacer una apología de la pérdida. Significa reconocer que lo finito tiene un valor que le es propio. Algunas ausencias dejan espacios que nada consigue colmar — y eso nos dice que aquello que estuvo con nosotros poseía un valor que no podía repetirse indefinidamente.

No amamos las cosas a pesar de que pueden perderse. Las amamos también porque pueden perderse.

Al final del Manhattanhenge, el Sol se oculta detrás de la ciudad. Las personas bajan sus teléfonos y Manhattan recupera su movimiento. La luz ha durado apenas unos minutos. Quizá por eso todos fueron hasta allí.

Juan Carlos Sosa Atril press
Juan Carlos Sosa Briceño, Abogado con diplomado en Gobernabilidad y formación en Gestión Administrativa. Se desempeña como asistente administrativo en Valencia, España, con experiencia en gestión pública y privada. Ha desarrollado proyectos de divulgación científica y escribe textos centrados en la ciencia ficción, la filosofía y la experiencia humana. Actualmente se forma en el área de la educación, orientado a la docencia y la reflexión sobre la sociedad contemporánea. riconcuantico@gmail.com

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