Una de sirenas,
por José Manuel Peláez
El sonido a desgracia me dolió antes de verla. Moviendo sin cuidado unos papeles, tiré al suelo la sirena de porcelana regalo de mamá que conservaba como su último recuerdo. El timbre de la puerta me descongeló. Manolo venía a buscarme para ir a comer. Ambos nos quedamos mirando los dos pedazos de delicada nereida fracturada por un hachazo en el pecho. Hubo un luto silente que Manolo rompió dándome una palmada en el hombro mientras me aconsejaba que saliéramos.
No estuve muy pendiente de cómo llegamos a Chen Wong, pero estaba seguro de que no era un restaurante chino. Manolo me franqueó el paso y, detrás del mostrador, un chino centenario de cuento, con anteojos redondos, coleta y barba de flecos de seda nos recibió impasible. Entonces Manolo se sacó del bolsillo las dos piezas de mi si...






