Espejos,
por Getulio Bastardo
He decidido no cortarme más el pelo. Es una determinación que venía rondando mi cabeza desde hace muchos años, desde mucho antes de salir de Venezuela, cuando aún no sabía que el exilio también podía instalarse en el cuerpo. No es una decisión estética ni un gesto de rebeldía tardía. Tampoco tiene que ver con la vanidad de quien intenta disimular la calvicie dejando crecer unas pocas mechas para engañar al cuero cabelludo desnudo. Nada de eso.
La razón es más simple y, al mismo tiempo, más honda. Tiene que ver con un principio filosófico tan antiguo como incómodo: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y eso es, precisamente, lo que observo a diario. Personas —muchas— con la realidad plantada frente a los ojos que, aun así, prefieren girar la cabeza, mirar hacia otro lado o, en el co...




