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Don Rafael,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 241c

Don Rafael,
por José Manuel Peláez

─ Hay gente que se apasiona por la Geografía. Yo no lo entiendo, pero es así ─ me decía Manolo, al regreso de su visita anual a Don Rafael ─. Particularmente las definiciones de cabo, península, archipiélago, delta, hoya y vaya usted a saber cuántas más me parecen tan aburridas como una mala película muda.Don Rafael fue uno de los maestros de la infancia de Manolo cuando estos eran casi siempre personas que parecían saber de todo y que lo mismo hablaban de la poesía de Rafael Alberti que de las fuentes de riqueza en Nueva Guinea.─ Siempre nos daba clase de Geografía a la última hora. Cuando estábamos preparados y listos para salir corriendo con el timbre. Pero ahí estaba él, serio como la sombra de un crucifijo y empeñado en repasar los afluentes del Amazonas.Manolo intentaba reproducir un...
Santa evolución,<br/> por Jeraige Reinoso
Jeraige Reinoso, 241c

Santa evolución,
por Jeraige Reinoso

Durante mucho tiempo hemos entrenado la mente para resistir: soportar agendas exigentes, adaptarse a la presión constante y “seguir funcionando” a pesar del cansancio. Hoy la ciencia nos habla que una mente que cuando solo resiste terminan agotados ella y el cuerpo. Evolucionar implica algo distinto: aprender, reorganizarse y crecer a partir de la experiencia, incluso en contextos demandantes.Una mente fuerte es la que tiene plasticidad: los eventos ocurren, solo que tu flexibilidad los afronta con sabiduría. La neuroplasticidad o capacidad del cerebro para modificar sus conexiones, se activa cuando existe desafío y más aún cuando hay seguridad interna. Sin esta combinación, el cerebro entra en modo supervivencia y deja de aprender. Por ello, fortalecer la mente comienza creando condicione...
Te cuento que…<br/> por Suzan Matteo
Suzan Matteo, 241c

Te cuento que…
por Suzan Matteo

Queridos supervivientes de enero: ¡bienvenidos al purgatorio del calendario! Hoy estrenamos febrero, ese pequeño mes en que por estos lares todavía es pleno invierno. Proviene de «februare», el verbo latino que aludía a purificar culpas y casas, una especie de «detox» antiguo, sin batidos verdes, antes de que el año se pusiera serio. Para los romanos era un mes de expiación; para nosotros, el tiempo perfecto para quejarnos de que nada termina de arrancar. Fue el último mes del calendario romano y hoy parece el cajón donde se amontonan las promesas incumplidas de Nochevieja. Tiene veintiocho días, a veces veintinueve, como si no estuviera del todo seguro de merecer un lugar completo. Y, sin embargo, aquí está, con su carácter contradictorio: frío pero romántico, corto pero intenso,...