Ritmo secreto,
por Alfredo Behrens
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Augusto, profesor de literatura, compartía la habitación doble del hospital con un mecánico que no paraba de hablar. Durante tres días, Augusto respondió con monosílabos mientras el otro llenaba el silencio con historias sobre motores, coches resucitados y piezas raras encontradas en desguaces. Augusto, acostumbrado a los matices del lenguaje escrito y a los silencios cargados de significado, no podía imaginar qué podría tener en común con alguien que pasaba los días con las manos manchadas de grasa.
Al cuarto día, sonó el teléfono de Augusto. Era Pablo, su hermano de Buenos Aires. Augusto se levantó con dificultad, aun recuperándose de la operación de vesícula, y se acercó a la ventana. Habló en español sobre su madre, sus sobrinos, la política argentina, olvidando ...








