
Adán dando nombre a los animales, c. 1185
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Hace días me pasó una cosa muy curiosa: iba pasando por una calle del centro de la ciudad y alguien, desde algún edificio, arrojó un pollito. Cosa desagradable, por supuesto; sin embargo, yo pensé en que parecía un cuento de Cortázar (Carta a una señorita en París), mezclado con uno de Massiani (Un regalo para Julia).
Precisamente Cortázar dijo en alguna ocasión que la literatura es una vasta empresa de conquista verbal de la realidad. Esta conquista verbal se materializa muchas veces cuando comenzamos a ver dicha realidad, o aun a nombrarla, con las palabras que los escritores crean, intencionalmente o sin querer.
Con esto me refiero al hecho de que para referirnos a un espectáculo grotesco podemos usar el término dantesco, a una situación absurda podemos llamarla kafkiana y a un personaje cuyos anhelos sobrepasan a sus capacidades podrían calificarlo de quijotesco. Términos todos relacionados con algún autor u obra.
Y, como señalaba, algunas de estas palabras con las que los escritores renombran o re-crean el mundo, pueden ser una cosa intencionada, las menos de las veces, o una derivación fortuita. Digo, no creo que Kafka quisiera ser tenido por kafkiano, aunque quizás sí lo era un poco.
Es este, casualmente, el primer don que Dios da al hombre. No solo el lenguaje, sino el don de poder nombrar el mundo. Y nombrarlo significa conocerlo y co-crearlo, en la medida que la palabra que sustantiva, singulariza, convierte a lo nombrado en algo que tiene vida propia, independiente.
Ahora, las personas que estamos más metidos en el mundo de los libros somos los más conquistados, verbalmente hablando. Casi toda situación que vivimos tendemos a compararla con algo que hemos leído o la vemos a través de un cristal de palabras, como me sucedió en el episodio que referí al inicio.
Por otra parte, hay cosas que me han sucedido, personas a las que he conocido en el mundo real, a las cuales recuerdo apenas, o recuerdo menos que a muchos personajes literarios. ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado?, se preguntaba Borges. ¿Qué diferencia puede haber entre recordar el pasado y recordar lo que vivimos en un libro?, me pregunto yo.
Esto no deja de ser una paradoja, y tiene lugar por el hecho de que las grandes obras parecen tan reales y el mundo del libro parece más vivo que nuestra propia realidad. Al menos mientras lo estamos leyendo.