
El trapiche, 1923
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Todo el mundo lo escuchó.
Era época de cosecha, tiempo de faena. La hacienda hervía de actividad. Decenas de peones servían al patrón: unos trabajaban en los cañaverales, cortando, limpiando y amontonando la caña para llevarla luego al trapiche; otros se afanaban alrededor del molino. El trapiche era un verdadero frenesí.
Por encima del estruendo del motor que movía las mazas encargadas de triturar los tallos y extraerles el jugo, sobresalían los gritos de los obreros, las órdenes del maestro mielero, los gruñidos de quienes obedecían a regañadientes, las risas —y hasta las carcajadas— de algún bromista, mezcladas con el rebuzno de un asno, cansado o quizá simplemente aburrido.
De pronto, todo aquel trajín se detuvo. Dos disparos, uno inmediatamente después del otro, rasgaron el aire. Allí estaba un jinete inmóvil, sosteniendo una escopeta de dos cañones cuyo humo aún se elevaba lentamente hacia el cielo. Los hombres corrieron hacia él armados con cuanto encontraron a mano: machetes, cuchillos, garrotes… y la lealtad que sentían por el patrón. Pero, antes de alcanzarlo, desviaron la vista hacia la casa principal.
El patrón seguía en su hamaca de siempre. El suave vaivén se detuvo cuando vio acercarse al desconocido. No lo conocía. Sin embargo, aquel rostro le resultaba vagamente familiar, como si alguna vez se hubieran cruzado en un camino polvoriento o en una venta de pueblo. Escarbó en la memoria buscando algún agravio olvidado, una vieja disputa o quizá una deuda de honor; incluso pasó fugazmente por su mente la posibilidad de haber amado a una mujer ajena.
No encontró nada que justificara aquella visita ni, mucho menos, una sentencia de muerte. Lamentó no tener el revólver al alcance de la mano. Lo poseía, sí, pero estaba cuidadosamente guardado dentro de la casa. Observó cómo el jinete detenía el caballo, desmontaba con calma y caminaba hacia él. Sin una palabra, le tendió la escopeta. —Esos tiros eran para ti —dijo con serenidad. El patrón lo miró sin comprender. —Pero ya no.