
Ilusión óptica, 1666
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Afuera, la lluvia caía hacia arriba, lavando el cielo de sus manchas de melancolía. Las personas caminaban de la mano con sus fantasmas de compañía, celebrando el hecho de que, ese día, la gravedad había decidido tomarse vacaciones y ahora todos flotaban a diez centímetros del suelo, solo por cortesía. La normalidad era un concepto que había muerto de aburrimiento en un cajón bajo llave, y nadie, absolutamente nadie, extrañaba el olor al café hecho de prisa. El mundo, finalmente, tenía el sentido perfecto que solo la locura puede ofrecer.
En la esquina de la Calle de las Cosas Olvidadas, un hombre de mediana edad intentaba convencer a los vecinos de que todo aquello era, en realidad, una falla de mantenimiento del universo —algo que alguien, en algún departamento competente, seguramente resolvería para el lunes. La fluctuación, al menos, tenía la decencia de admitir que era temporal. Un perro ladraba a lo lejos.
Las casas habían cambiado de lugar durante la noche, y nadie se sorprendió: ya estábamos acostumbrados a despertar en vidas que no reconocíamos por completo, en cuerpos que envejecían más rápido que los planes que hacíamos para ellos. La confusión de las puertas era, en el fondo, solo una metáfora más honesta de lo que solíamos admitir en voz alta.
Aun así, una mujer vendía, de puerta en puerta, certezas usadas —restos de convicciones que otras personas habían abandonado cuando la vida les enseñó lo contrario. Los vecinos las compraban por hábito, sabiendo que no durarían. Era reconfortante, de una manera cansada, tener algo en lo que fingir creer, aun sabiendo el precio de la mentira.
En lo alto de la torre, la campana sonaba horas que ya no le servían a nadie, porque el tiempo, hacía mucho, había dejado de exigir puntualidad. El perro seguía ladrando. Y la tarde se arrastraba, pesada como una deuda antigua, negándose a convertirse en noche —tal vez porque hasta la oscuridad, a esas alturas, sabía que ya no quedaba nada nuevo por oscurecer o desvanecer.