
Misa Católica, 1869
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Cuando Manolo me invitó a acompañarlo a misa, pensé en alguna desgracia. Que yo supiera, él no era hombre de liturgias y yo había olvidado el catecismo. Fiel a su costumbre de dilatar respuestas, no quiso explicarme más. Nos sentamos en un banco de una pequeña iglesia en la que unas dos o tres docenas de fieles aguardaban en absoluto silencio.
─ Dominus Vobiscum ─ retumbó la pequeña nave cuando el sacerdote pronunció las palabras frente al altar y como si nos mirara a cada uno de los presentes.
Así comenzó un diálogo que yo no entendía pero que me hacía sentir diferente. No solo era que la misa se hablara en latín, era que los monaguillos no estaban vestidos con vaqueros y zapatos de deporte, sino que usaban sotanas rojas hasta los talones con su correspondiente sobrepelliz blanco. También era que las reverencias y los pasos eran más morosos y las palabras de oficiante y fieles parecían brotar en cámara lenta, como si estuvieran bien pensadas y masticadas.
Creí entrar en otro mundo, más serio. Tan serio que ni me atreví a pedirle explicaciones a Manolo. Simplemente yo estaba ahí, en el centro de algo tan importante que, cuando el sacerdote levantó la hostia durante la consagración, me vi extrañamente conmovido.
Al salir, Manolo me confesó que no habíamos venido solo a una misa. Tampoco se trataba de una iluminación que lo había guiado. Simplemente se había enterado de que la capilla mantenía antiguas tradiciones y quiso disfrutar de un momento de solemnidad.
─ Hemos perdido el sentido de lo solemne ─ me decía ─. Estamos empeñados en creer que lo solemne es anticuado y aburrido cuando significa “más importante que lo cotidiano”.
Manolo me habló de cómo una misa en latín o usar una jarra especial de cristal para los cumpleaños o vestirse poniendo sumo cuidado en cada abotonadura o simplemente hablar más despacio hace que orar o beber o vestirse o hablar se convierta un momento de lujo, tan de lujo como una verdad.
─ Solemne no es lo que hacemos, sino cómo lo hacemos.
Seguimos caminando muy despacio y, por mi parte, mis pensamientos se adaptaron a ese pausado ritmo, como si un excelente profesor me demostrara con absoluta claridad las Leyes de Newton… y yo las entendiera.