
Alfonso X el Sabio y los libros del saber de astronomía, 1881 (detalle)
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Esta semana Europa disfrutó de un espectáculo celeste cuya observación no solo es científica, sino también turística: un eclipse total de Sol. Felipe VI lo siguió de cerca como gran aficionado a la astrofísica, un interés que heredó de su abuela materna, la reina Federica de Grecia, quien además le regaló su primer telescopio. El monarca permaneció en Mallorca para observar el fenómeno desde un punto estratégico, seleccionado con el asesoramiento de expertos.
Pero no ha sido el único soberano interesado en los fenómenos celestes. La historia da cuenta de otros monarcas fascinados por los astros, en tiempos en que la astronomía y la astrología compartían categoría. Por entonces, el cielo no solo guiaba a navegantes y exploradores, sino que también auguraba felicidades o desgracias.
Alfonso X «el Sabio» coordinó y editó un manual de astronomía que permitió a más de un marinero llegar a buen puerto; en su honor, un cráter de la Luna lleva el nombre de Alphonsus. Asimismo, el hijo de Enrique VIII, Eduardo VI, escribió un tratado en el que defendía firmemente la astronomía, en una época en que esta y las matemáticas se consideraban ciencias menores.
Enrique I y Ricardo III también fueron testigos de eclipses totales de Sol, aunque bajo el prisma de la superstición. Para los contemporáneos de Enrique I, el fenómeno se vinculó a la desgracia, pues el rey falleció poco después y las disputas por la sucesión desencadenaron una guerra civil. No le fue mejor a Ricardo III: casi trescientos años más tarde, un eclipse similar fue interpretado por su corte como un funesto presagio.
A comienzos del siglo XX, otro Borbón, Alfonso XIII, preparó con bombo y platillo la llegada de un eclipse total de Sol. Libre de interpretaciones esotéricas, el bisabuelo de Felipe VI lo convirtió en un gran acontecimiento social y científico en Burgos. La ciudad, seleccionada minuciosamente por el monarca para la observación, congregó a curiosos, aristócratas y científicos de todo el mundo, en un esfuerzo de Alfonso XIII por darle brillo a su mermado reino.
Hoy, más de cien años después, en solitario y en una España convulsa, su bisnieto apreció el mismo fenómeno fascinante y revelador.