Dominus vobiscum,
por José Manuel Peláez
Cuando Manolo me invitó a acompañarlo a misa, pensé en alguna desgracia. Que yo supiera, él no era hombre de liturgias y yo había olvidado el catecismo. Fiel a su costumbre de dilatar respuestas, no quiso explicarme más. Nos sentamos en un banco de una pequeña iglesia en la que unas dos o tres docenas de fieles aguardaban en absoluto silencio.
─ Dominus Vobiscum ─ retumbó la pequeña nave cuando el sacerdote pronunció las palabras frente al altar y como si nos mirara a cada uno de los presentes.
Así comenzó un diálogo que yo no entendía pero que me hacía sentir diferente. No solo era que la misa se hablara en latín, era que los monaguillos no estaban vestidos con vaqueros y zapatos de deporte, sino que usaban sotanas rojas hasta los talones con su correspondiente sobrepelliz blanco. T...






