
Misterio y melancolía de una calle, 1914
Fuente: https://www.wikiart.org/
Hay algo extraño ocurriendo con el tiempo. No el tiempo atmosférico — ese siempre fue caprichoso, sino el tiempo interior, ese río que corre por debajo de los días. Empecé a escuchar los pájaros. No es que hayan llegado ahora; estaban antes, claro, pero la vida iba tan aprisa que los atravesaba sin oírlos. Ahora entran por la ventana como si tuvieran algo que decirme. Las campanas de la iglesia también. No recuerdo haberlas escuchado durante años, y hoy marcan las horas con una firmeza que me parece casi personal.
Ya perdí a varios amigos. No tantos como voy a perder — eso lo sé, porque entré en mis setenta y tantos y la matemática empieza a ponerse severa. Cada partida deja atrás una pregunta que no logro formular del todo. No es miedo, exactamente. Es más bien curiosidad. Camus escribió que solo hay un problema filosófico verdaderamente serio. Camilo Cela tenía una visión más carnal del asunto: dijo, con la brutalidad precisa que lo caracterizaba, que el infierno debe ser un lugar sin pechos — solo obeliscos. Hay en esa imagen una tristeza cómica que me parece honesta. Lo que nos falta no es la eternidad; es la textura del mundo.
Me quedo pensando en lo que mis amigos están viendo ahora. Si es que están viendo algo. Si la oscuridad que imaginamos no es más que otra metáfora pobre, como tantas que usamos para lo que no conocemos. Y pienso también que algún día yo veré — o no veré — lo mismo. Mientras tanto, los pájaros cantan. Las campanas suenan. Y yo, que antes no los escuchaba, aprendo poco a poco que quizás prestar atención sea la única forma de preparación posible.