Gente que Cuenta

Te cuento que…
por Suzan Matteo 17/5

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Barthélemy d’Eyck,
Las muy ricas horas del Duque de Berry, c.1440
Fuente: https://commons.wikimedia.org/

Hubo un tiempo en que las tres de la tarde eran el mediodía.

Sí, ya sé que están pensando que eso es imposible, que el sol no puede andar tan despistado… pero tampoco crean que el tiempo fue siempre esta exactitud de relojes digitales. Durante siglos, la humanidad vivió sin saber exactamente qué hora era, lo cual, viéndolo bien, debió de ser una etapa mucho más feliz.

Los romanos, por ejemplo, dividían el día contando desde el amanecer. De modo que la «hora sexta» coincidía con el momento en que el sol estaba en lo alto y la «hora nona» llegaba unas tres horas después. De ahí viene aquella famosa «nona», palabra derivada del latín nonus, es decir, noveno. Y el término acabó viajando hasta el inglés convertido en noon, que hoy significa mediodía. Es decir, los ingleses almuerzan lingüísticamente a las tres de la tarde desde hace siglos.

La Iglesia organizó buena parte de la vida medieval alrededor de las llamadas horas canónicas: maitines, laudes, vísperas, completas… Un horario monástico en el que la campana marcaba el ritmo de la oración y el de la existencia. El campesino sembraba, el herrero golpeaba el yunque y el monje rezaba exactamente cuando sonaba la hora correspondiente.

De aquellas costumbres quedó, por ejemplo, la palabra «siesta», que proviene de la «sexta hora», el momento del descanso después del mediodía. O sea, que cada vez que alguien se tira en el sofá tras el almuerzo está participando, sin saberlo, en una venerable tradición latina. Lo hace el Chúo en Barquisimeto, el Paco en Sevilla y también algún cardenal en Roma. La civilización occidental, unida por la flojera institucionalizada.

Vean cómo el lenguaje guarda rastros de sus orígenes: en inglés uno dice «afternoon» sin caer en cuenta de que significa literalmente «después del noon», es decir, después de aquella vieja hora nona medieval que había desaparecido cuando Shakespeare todavía estaba aprendiendo a escribir. Las palabras son así: empiezan diciendo una cosa y terminan significando otra, como ciertos discursos que todos hemos escuchado alguna vez…

¿Será que el ser humano inventó los relojes para convencerse de que domina el tiempo? Es iluso creerlo: basta una cola, una sala de espera o un retraso de «unos minutos», para que veamos que no. Entonces uno comprende esa verdad: no somos nosotros quienes organizamos el tiempo, ¡es el tiempo quien nos organiza a nosotros!

Suzan Matteo Atril press
Suzan Sezille de Matteo es caraqueña, cosecha del 52; ingeniero industrial aplicada al área social; esposa, madre de dos, que ahora abuelea y escribe desde Inglaterra. suzansezille@gmail.com IG @tomadodeaquiydealla

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