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Entre las historias bíblicas de mi infancia, la de David y Goliat fue la que más me impactó. Con los años, aquel impacto se transformó en una favoritofobia militante. Disfruto ver caer a los favoritos en los deportes y en la vida en general. Mientras más pequeño sea el David de turno, mayor es mi goce con su triunfo.
Manolo, que siempre vigila que yo no pierda el sentido de lo que hago o digo, me cuestionó si esa pasión por aliarme al más débil no tendría oculto un revanchismo, una especie de ajuste de cuentas con los favoritos.
─ Asegúrate de que tus intenciones sean honestas y que no estés jugando al defensor de los débiles por rencor hacia los fuertes o porque tú nunca hayas sido favorito ─ me dijo un día con la misma tranquilidad con que me podía dar la hora.
En principio, el comentario me molestó y eso suele ser una señal de alarma de que algo de verdad podía contener, de manera que, sin admitir nada frente a Manolo, me puse a pensar en lo que me había dicho.
Los favoritos existen porque facilitan la toma de decisiones, porque generan comunidad entre quienes los comparten y también porque nos hace sentir que, de alguna forma, poseemos los valores o capacidades de esa persona o equipo o país. Podemos tener nuestros favoritos después de un proceso racional de selección o simplemente los tenemos por algunas de esas razones del corazón que no están para entenderlas. Sea como sea nuestros favoritismos son libres. Contra eso yo no tenía nada.
Pero lo que yo no aceptaba era que el favoritismo convirtiera errores en virtudes ni admitiera otras posibilidades. Comprendí que mi gusto por la derrota de los favoritos estaba más relacionado con la idea de que en la derrota todos aprendemos más que en la victoria porque, si la sabemos manejar, nos hace mejores y tiene más poder trasformador que la victoria; lo mismo que los griegos trasmitían en sus tragedias donde todos los héroes (favoritos) terminaban derrotados y los demás aprendemos a no ser soberbios.
Orgulloso de mis descubrimientos, se los conté a Manolo para que supiera que mi favoritofobia era consciente y racional y no una vendetta disfrazada.
─ Excelente ─ celebró Manolo ─, ahora solo te falta admitir que puedes estar equivocado y no convertir todo eso que has descubierto en tu pensamiento favorito.
Esta vez sus palabras no me molestaron, pero me pasaron muy cerca.