
Calor, c.1919
Fuente: https://www.wikiart.org/
La ciudad ve llegar el calor como una plaga. Primero se leen los avisos de las agencias de meteorología y luego llega la pared pegajosa y caliente: una barrera aérea y húmeda que llena cuartos, salas, pasillos y avenidas. Es la ola de calor.
La calle se divide ahora en aceras con sol y aceras con sombra. Hay que planearlo todo: a qué hora ir al gimnasio, cuándo ir de compras para conseguir ropa adecuada y evitar fundirse bajo una blusa de manga larga o un pantalón tejido. Hay que saber cuándo llegar al súper por si se acabó algo (por ejemplo, el agua mineral en botellas de 8 litros), programando cada viaje fuera de las horas de temperaturas máximas.
Si se te ocurre no hacerme caso y salir a las horas en las que está haciendo 31 grados o más, puedes fundirte en mitad de la calle. Hay que llevar sí o sí una botella de agua, lentes oscuros y algo para cubrir la cabeza. Para mí, una gorra de béisbol es lo máximo. Puede que no esté de moda, pero en realidad no me acostumbro a usar pamelas y sombreros alones de paja con lazo.
Mis gustos son herencia de una ciudad donde había, sí, seguidoras de la moda del momento —que no salían a la calle sino después de tres horas de maquillaje y tres pruebas de vestidos—, pero también existían las hijas del desorden estético como yo, seguidoras de las diosas de la comodidad, la frescura y la risa a deshora. Para nosotras: faldas cortas, blusas ligeras, colores vivos, zapatos deportivos cómodos y algo de pintura en los labios, acompañando unos lentes oscuros cómicos, a ser posible con bordes de colores vivos o diseños raros.
Esa costumbre me ha quedado con los años. Anteayer, cuando salí después de que los termómetros bajaron y pude llegar a un supermercado de esos de todo rebajadísimo, unas señoras serias (falda larga de seda, cartera cara, pestañas con rímel y perrito peinado de peluquería) me miraron con desaprobación y comentaron algo así como: «¡Qué horror!».
Yo iba con mi outfit: falda minipantalón estampada, cola de caballo recogida con apuro en lo alto de la cabeza, lentes oscuros baratos que me cubrían la cara y parte de las sienes, y una botella de agua, muerta de la risa. Hay que ganarle la batalla al calor y parte de la preparación es mental, como el método de desechar por sistema cualquier criterio estético que no sea cómodo.
Así, en la batalla contra el calor, voy ganando tres a cero.