
Ilustración generada por la IA
Dedico este escrito a Carrión de los Condes y a la tortilla de patata palentina.
Hay alimentos que llegaron a estas tierras desde muy lejos y se adaptaron hasta hacerse naturales.
La papa (Solanum tuberosum) es uno de ellos. Aparenta haber estado aquí desde siempre. Hoy se cultiva, se estudia, se cuida y se protege porque es alimento y goce de muchos. Se podría decir que, por eso, se iguala al trigo o a la uva.
Hoy cuesta imaginar una cocina sin ella. Está en los guisos, en las tortillas, en los caldos, en los entremeses, en las tapas, en los purés e incluso en algunas masas de repostería. Está tan incorporada a la cultura gastronómica, al cuerpo y a la memoria del gusto, que ya casi no pensamos en su origen cuando la llevamos a la mesa.
Y, sin embargo, hubo un tiempo en que la papa era extranjera.
Mucho antes de llegar a Europa, los pueblos andinos ya habían aprendido a cultivarla, cocinarla y conservarla. Para ellos no era una planta desconocida, sino parte de un conocimiento construido durante generaciones.
Habían desarrollado incluso una antigua técnica de conservación basada en el frío y el secado, que permitía transformar la papa en chuño y prolongar su disponibilidad mucho más allá de la vida del tubérculo fresco.
Después cruzó el océano.
Llegó físicamente mucho antes de llegar a las mesas. En Europa tuvo que ser observada, estudiada, cultivada y, poco a poco, incorporada a las costumbres de cada lugar. Durante un tiempo fue incluso forraje y alimento de los más pobres.
Quizá eso explique algo que solemos olvidar: un alimento no llega realmente a una cultura cuando entra en una tierra nueva. Llega cuando alguien —o una comunidad— aprende qué hacer con él, cuando descubre que puede alimentarse con él y también procurarse placer.
La papa hizo un largo viaje para convertirse en aquello que hoy nos parece tan cercano.
Y hay algo hermoso en pensarlo mientras la cocinamos.
Porque cada papa que comemos es mucho más que un alimento. Trae consigo el conocimiento de quienes, mucho antes que nosotros, tuvieron que aprenderla.
Comprender un alimento implica también reconocer ese aprendizaje.
Y agradecer que, después de tanto camino, haya terminado formando parte de nuestro cuerpo, de nuestra cultura y de nuestra memoria del gusto.
Receta · Papa con huevo 🥚
Lava una papa de unos 250 g y cuécela en agua hirviendo hasta que esté bien tierna, sin que llegue a romperse. Retírala del agua, déjala escurrir unos 15 minutos y pélala.
Mientras tanto, hierve agua y, cuando rompa el hervor, incorpora dos huevos. Cuécelos 5 minutos exactos y pásalos inmediatamente por agua fría. Cuando puedas sujetarlos, pélalos.
Aplasta la papa todavía caliente en un plato hondo, con el mismo tenedor con el que vas a comer. Añade dos cucharadas de aceite de oliva virgen extra, una cucharada de mantequilla y romero. Mezcla.
Coloca encima los huevos, córtalos para que la yema cremosa caiga sobre la papa y añade sal gruesa al gusto. Si quieres, incorpora pimienta recién molida, picante, cúrcuma o unas gotas de limón.
Y basta. A comer y disfrutar.