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Hay compras que uno piensa mucho antes de hacerlas: una casa, un automóvil, una lavadora. Y hay compras por capricho. Les voy a hablar de una cuya historia leí en estos días, que pesaba toneladas y tenía unos cinco mil años.
El 21 de septiembre de 1915, en Salisbury, salió a subasta el lote número 15: el monumento de Stonehenge y unas 30 hectáreas de terreno. El precio de salida era de 5.000 £ y terminó en 6.600 £. El comprador fue Cecil Chubb, un abogado local.
Dice la leyenda que su esposa lo había mandado a comprar unas sillas de comedor (o unas cortinas, dicen algunos). No sé qué ocurrió con el encargo, pero Chubb regresó convertido en propietario de uno de los monumentos más famosos de la humanidad. ¡Imagínense la cara de Mary!
El asunto tenía, además, un trasfondo bastante menos romántico. Stonehenge pertenecía a la familia Antrobus, pero la muerte en la Primera Guerra Mundial del único heredero varón, el teniente Edmund Antrobus, seguida del fallecimiento de su padre, llevó a la venta de parte de las propiedades familiares. Así que aquellas piedras que habían sobrevivido milenios terminaron sometidas a una circunstancia bastante más moderna: pagar impuestos. Entonces salieron a subasta.
Chubb explicó que había comprado el monumento «por capricho» y porque Stonehenge debía permanecer en manos de alguien de Salisbury. Una curiosa mezcla de patriotismo local, impulso comprador y, quizá, una gran facilidad para gastar dinero.
Y aquí comienza lo extraordinario.
Tres años después, en octubre de 1918, Cecil y Mary Chubb entregaron Stonehenge al Estado británico. La escritura garantizaba el acceso público y establecía condiciones para conservarlo. Por el gesto, Chubb recibió el título de caballero de Jorge V.
Chubb había nacido cerca de Stonehenge y lo había visitado desde niño. Para él, aquello no debía ser solo propiedad privada, sino algo que la nación pudiera considerar suyo. Pudo conservar o vender Stonehenge. Decidió entregarlo. Poseer algo puede ser cuestión de dinero. Entender que algunas cosas simplemente pasan por nuestras manos durante un rato es otra historia. La grandeza de Chubb estuvo en saber cuándo dejar de considerarlo suyo.
Y me pregunto: ¿qué habría ocurrido si aquella tarde Cecil hubiese encontrado las sillas?