
Portrait of Hans Frisch (?), 1907
Fuente: https://www.wikiart.org/
Hace unos días me descubrí buscando un problema sobre el que escribir.
No una idea.
Un problema.
Algo que me incomodara lo suficiente como para tirar del hilo: una conversación pendiente, una duda que no se iba, una pequeña herida, cualquier cosa que pidiera ser ordenada.
Pero no aparecía nada.
Abría un documento, escribía unas líneas, las borraba y volvía a empezar. Pensé que estaba bloqueado, aunque esa explicación no terminaba de encajar. No había frustración. No había angustia.
Había otra cosa.
Silencio.
No el silencio solemne de los templos, las montañas o los libros de meditación.
Un silencio más sencillo.
El de una mañana tranquila. Una taza de café. Una conversación sin defensa. El gesto de lavarse los dientes sin estar ya pensando en lo siguiente.
Y, aun así, algo dentro de mí quería apartarlo de un manotazo, como si la vida solo mereciera atención cuando llega cargada de preguntas difíciles, decisiones urgentes o incendios que apagar.
Quizá nos ocurre más de lo que creemos.
Buscamos un poco de calma y, cuando aparece, nos inquieta.
No sabemos qué hacer con ella.
Entonces buscamos otra tarea. Otro objetivo. Otra forma de sentir que seguimos avanzando.
Como si detenerse fuera perder algo.
Tal vez esperamos que la paz llegue de una manera más clara. Con una señal. Con una revelación. Con una puerta abriéndose al final del camino. Algo que podamos reconocer y decir: era esto.
Pero a veces llega de una forma mucho más humilde.
Llega cuando nada empuja.
Cuando ninguna pregunta exige ser respondida.
Quizá ese instante no esté ahí para volvernos más sabios, ni más puros, ni más profundos.
Quizá solo esté ahí para permitirnos mirar.
Para descubrir, sin ceremonia, que algo en nosotros ya cambió mientras estábamos ocupados viviendo.
No siempre necesitamos una nueva pregunta.
A veces necesitamos permanecer un poco más en el espacio anterior a formularla.
Ahí donde la vida no pide nada.
Ahí donde, si no salimos corriendo demasiado pronto, quizá podamos reconocernos