Gente que Cuenta

Te cuento que…
por Suzan Matteo 21/6

Kylix Atril press
Copa de vino antigua (kylix) con el alfabeto griego
Museo Arqueológico Nacional de Atenas.
Fuente: https://commons.wikimedia.org/

Cuando abrimos un libro, leemos el periódico o escribimos un mensaje, no pensamos en las letras que utilizamos. La A, la B o la C nos parecen tan naturales como el aire. Sin embargo, detrás de ellas hay una historia que comenzó hace más de 3000 años y atravesó desiertos, mares e imperios.

Los bisabuelos de nuestro alfabeto aparecieron en el Medio Oriente hacia el segundo milenio antes de Cristo, y fueron los comerciantes fenicios quienes lo transformaron en una herramienta infalible. Aquellos navegantes necesitaban un sistema sencillo para registrar mercancías y acuerdos. En lugar de dibujar objetos completos, crearon signos que representaban sonidos. Entre ellos estaba el «aleph», inspirado en la cabeza de un buey. Con el tiempo, aquel dibujo se convirtió en nuestra letra A.

Hacia el año 800 a. C., los griegos heredaron esas señales y dieron un paso más: añadieron las vocales. Gracias a ello, la escritura se volvió más precisa y flexible. Muchas de las letras que hoy reconocemos comenzaron entonces a adquirir una forma familiar.

Después, los etruscos transmitieron ese legado a los romanos. Estos lo adaptaron a su lengua y fueron moldeando el alfabeto latino, el mismo que usamos actualmente en gran parte del mundo. Algunas letras todavía no existían. La J, la U y la W llegarían mucho más tarde, durante la Edad Media. Otras nacieron después de siglos de uso. La G, por ejemplo, apareció cuando los romanos decidieron diferenciar dos sonidos que hasta entonces se escribían igual. Es una C con cola. Así que la G tiene unos 2250 años. Es una bebé comparada con la A, que ronda los 3500.

Y luego está la Ñ, una de las grandes peculiaridades del español. Surgió en los escritorios de los monjes medievales, que buscaban ahorrar espacio y tinta al copiar manuscritos, ¡o quizá ganar unos minutos extra para la siesta! Aquella pequeña virgulilla sobre una N acabó convirtiéndose en una letra propia y en uno de los símbolos más queridos de nuestra lengua.

La próxima vez que escribas una palabra, piensa en ello. Tal vez estés enviando un mensaje por el teléfono más moderno del mercado, pero las letras que usas tienen una antigüedad respetable. Y la más veterana de todas, la A, comenzó siendo algo tan poco solemne como el dibujo de la cabeza de un buey. Quién iba a imaginar que una de las mayores aventuras de la humanidad empezaría así: con unos mercaderes, un poco de ingenio y la silueta de un buey que todavía nos mira desde cada página.

Suzan Matteo Atril press
Suzan Sezille de Matteo es caraqueña, cosecha del 52; ingeniero industrial aplicada al área social; esposa, madre de dos, que ahora abuelea y escribe desde Inglaterra. suzansezille@gmail.com IG @tomadodeaquiydealla

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