
Anuncio de Jabón Maravilla del Abuelo, c. 1898.
Fuente: https://www.meisterdrucke.pl/
Durante mucho tiempo alimenté la fantasía de vivir solo. Cuando me imaginaba envejeciendo, no me veía en una habitación estrecha con su baño adjunto, ni tampoco en un pequeño apartamento de un solo ambiente. No: la escena siempre transcurría en una cabaña frente al mar o a la orilla de un río. Un refugio apacible donde yo existiría en absoluta independencia, dedicado por entero a la lectura y la escritura.
En la arquitectura ideal de aquel miniparaíso no había espacio para pensar en la cotidianidad: pasaba por alto los servicios de lavandería, la preparación de las comidas o el mantenimiento diario del hogar. Con el tiempo caí en la cuenta de un pequeño pero crucial detalle: jamás aprendí a cocinar. A lo sumo, mi alcance culinario se limita a un par de huevos revueltos y unas rebanadas de pan tostado. De lavar y planchar no me preocupaba, pues son oficios que domino con destreza; pero la subsistencia alimenticia habría sido un tropiezo constante.
Hoy vivo lejos de mi tierra de origen, pero a muy poca distancia de tres de mis nietos. Miro hacia atrás y le doy infinitas gracias a la vida por no haberme concedido aquella terrible fantasía de aislamiento. Jamás imaginé la inmensa dicha que encontraría al compartir mis días con ellos.
Más que simplemente compartir, se trata de disfrutar de su presencia y de sus vidas, tanto de los que están lejos como de los que están cerca. A los que no están conmigo en el país donde vivo, que ya son jóvenes independientes, los disfruto a la distancia, celebrando con orgullo sus triunfos académicos y deportivos.
Pero convivir de cerca con los más pequeños es una gracia distinta. Verlos desde esa primera imagen borrosa en el ecograma, escuchar sus primeras palabras, presenciar sus travesuras y sentir cómo estiran sus brazos para que los cargue es una experiencia transformadora. No hay comparación cuando aprenden a reconocer nuestros pasos al llegar y nos llaman con esa voz delgada y tierna: “Nono”.
La libertad del refugio solitario se queda pequeña ante el bullicio de la casa. Definitivamente, la cabaña y el río pueden esperar; vivir rodeado del afecto de los nietos es un privilegio que no tiene precio.