
Fuente: https://sites.nd.edu/
Yo he resuelto que lo mejor que le puede pasar a nadie es desarrollar la capacidad de tener la vista obesa. En eso ando…
¿Que se nota que nadie ha pasado la coleta?
Pues que se note.
Total, el polvo tampoco se ofende.
¿Que se fue sin dar las gracias?
Pues que se vaya.
Las puertas, hasta donde sé, no necesitan aplausos.
¿Que hace tiempo que no me llama?
Pues que no me llama.
El silencio también tiene derecho a existir.
Hubo una época en que yo me fijaba demasiado en los detalles. Y, si a ver vamos, es una perdedera de tiempo… y de energía, que a estas alturas uno ya no está para despilfarros.
Pero tomar esta actitud no es tan fácil, porque implica desaprender la otra.
Yo tenía una tía que poco más o menos “enjuagaba el agua”, como dicen los brasileños. Y ahora me pregunto: ¿y qué ganó con eso? Porque limpia, lo que se dice limpia… ni tampoco es que por eso tuviera la vida resuelta.
Claro, una cosa es que no haya velas y otra muy distinta que haya tantas que achicharren al santo. El punto medio, ese lugar mítico del que todo el mundo habla y casi nadie visita.
Pero, queramos o no, la realidad termina por ganarnos la partida. Y esa es la parte que últimamente me ha dado por aceptar, aunque no siempre con elegancia.
Las cosas como son: ni voy a volver a pesar 50 kilos (y francamente, tampoco sé si quiero), ni me voy a despertar sin que me duela nada, ni la casa se va a caer porque no esté inmaculada, ni mis amigos van a dejar de serlo porque se pierdan de vez en cuando, o porque yo también me pierda, que todo hay que decirlo.
Y créanme, no se trata de ningún grito de guerra ni de una doctrina de vida. Todo lo contrario: es ver sin espantarse, oír sin escandalizarse y vivir sin apretar la boca… que bastante la hemos apretado ya.
No sé si lo voy a lograr del todo porque son demasiados años practicando lo contrario, pero igual me parece que, a estas alturas, ya es hora de dejar de mirar tanto. Nada se pierde con probar…