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El momento que vive el mundo es propicio para reflexionar sobre la afición desmedida hacia determinadas ideas, personas o actividades. Si nos atenemos al criterio del Diccionario de la Real Academia Española, el fanatismo se define como el «apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias y opiniones, especialmente religiosas o políticas». Dentro de esta definición cabe perfectamente el fanatismo deportivo, aunque la RAE no lo mencione de manera explícita. De hecho, a los seguidores apasionados de un equipo de fútbol o de béisbol se les suele llamar simplemente fans.
Recientemente, los aficionados del París Saint-Germain destrozaron parte de su propia ciudad mientras celebraban la obtención del campeonato europeo. ¿Es esto racional? Difícilmente. El fanatismo es, en gran medida, una manifestación de la irracionalidad.
A mí me ha tocado el privilegio de disfrutar el juego de Pelé, Paolo Rossi, Maradona, Ronaldo —tanto el brasileño como el portugués—, Messi y muchos otros grandes del fútbol mundial. He podido admirarlos desde las antiguas transmisiones radiales y la televisión en blanco y negro de pantalla pequeña, hasta las actuales emisiones en vivo que permiten ver prácticamente todos los partidos del mundo en tiempo real.
Dicho esto, me parece completamente absurda la estéril discusión sobre quién es mejor entre dos futbolistas excepcionales que tenemos la fortuna de contemplar en nuestra época. En uno de ellos destacan la constancia, la disciplina, la resiliencia, el deseo de trascender en la historia, una personalidad decidida y una ejemplar integridad deportiva.
El otro no se hizo futbolista: nació futbolista. Posee una habilidad innata que parece combinar los regates de Pelé, la visión y los pases de Maradona, y parte de la fantasía creativa de Ronaldinho.
Ambos anotan goles imposibles, aparecen cuando hay que definir los partidos, disparan al arco cuando las circunstancias lo exigen y, como todo ser humano, también fallan penales.
Lo que muchos fanáticos parecen olvidar es que ambos tienen familia, son padres, sienten alegrías y frustraciones, envejecen y pertenecen a este mismo mundo que nosotros. Son hombres de nuestra época; tenemos el privilegio de verlos jugar y de ser contemporáneos de su grandeza.
En lugar de enfrentarnos por ellos, deberíamos agradecer la fortuna de disfrutar a dos de los más extraordinarios futbolistas que ha producido la historia del deporte.