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Durante años leí a historiadores y estudiosos de la gastronomía venezolana como José Rafael Lovera, Rafael Cartay, Ocarina Castillo, Ivanova Decán Gambus y Miró Popic. Gracias a ellos comprendí que la arepa no es solamente un alimento: es una parte esencial de la historia cultural de Venezuela.
También aprendí algo que siempre llamó mi atención.
Los primeros europeos que llegaron al territorio venezolano miraron la arepa con desdén y hasta desabrimiento. Acostumbrados al trigo y al pan fermentado, encontraron en aquella masa de maíz algo extraño, falto de sabor o buen gusto. Pasó mucho tiempo antes de que aquel alimento indígena encontrara un lugar estable en la mesa de quienes habían llegado de otras tierras.
Siglos después, sin proponérmelo, viví una experiencia parecida.
Cuando llegué a Cataluña preparé arepas para amigos catalanes. Las hacía como las había conocido toda la vida: asadas y rellenas de queso, pollo, pescado o revuelto de huevos.
La reacción era siempre amable.
Les gustaban los rellenos.
Pero la masa les resultaba un mazacote: demasiado gruesa y pesada.
Aquello me hizo recordar las páginas que había leído años atrás. Entendí que no había rechazo. Había algo mucho más humano: costumbre.
Cada pueblo aprende a comer desde la memoria de su propio cuerpo.
Con el tiempo llegué a Carrión de los Condes y las arepas entraron en la carta de la Taberna del Peregrino.
Y volvió a ocurrir algo parecido.
Hasta que Elena y mis hijos, Rodrigo y Lorenzo, hicieron una observación sencilla:
—¿Y si las haces fritas?
Me resistí al principio. Después probé.
Las hice más delgadas, más crujientes y ligeras.
Y algo cambió.
La arepa encontró una nueva forma de hablar.
Los mismos rellenos. El mismo maíz. Otra textura.
Hoy la de pollo con aguacate, inspirada en la Reina Pepiada original de los hermanos Álvarez, es una de las más pedidas de la taberna. La de bacon y queso y la de atún también tienen sus fieles.
Curiosamente, muchos clientes españoles las prefieren para cenar. En Venezuela eso habría resultado poco habitual.
Y tal vez esa sea la enseñanza.
La identidad no desaparece cuando se adapta.
A veces simplemente aprende otro idioma.
Masa básica para arepas
Mezclar una taza de harina de maíz precocida con una taza de agua fresca y sal al gusto. Dejar reposar veinte minutos y amasar hasta obtener una masa suave. Formar discos y cocinarlos a la plancha o freírlos hasta que estén dorados por ambos lados.
Rellenar al gusto y servir caliente.
Nada más.
El resto lo hace el viaje.