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La naturaleza tiene un extraordinario sentido del humor. A veces crea animales que parecen una cosa, pero resultan ser otra. Hace unos meses les hablé del ornitorrinco; pues hoy le toca al sengi.
Si lo ves de lejitos, juras que es un ratoncito con la nariz estirada. Si te fijas mejor, dices que es una musaraña. Y si alguien te explica que sus parientes más cercanos son el elefante, el manatí y el damán, lo más probable es que pienses que esa persona necesita urgentemente unas vacaciones.
Resulta que el sengi pertenece a una antigua familia africana cuyos vínculos de parentesco se descubrieron gracias al ADN. La genética vino a decirnos que la zoología también tiene sus secretos familiares: hay primos que no se parecen en nada y otros que se parecen demasiado sin tener parentesco alguno.
El bichito del que les hablo mide apenas unos centímetros, pero corre con tal velocidad que muchos atletas agradecerían esa aceleración en los últimos cien metros. Además, mantiene una red de senderos impecablemente limpios para escapar de los depredadores. Mientras algunos vecinos dejan la acera bien descuidada, este diminuto mamífero lleva el servicio de limpieza incorporado.
Su trompita flexible no sirve para presumir de linaje elefantino. La utiliza para husmear entre hojas y piedras en busca de insectos, que captura con una lengua tan rápida que más de un político en campaña la envidiaría.
Durante años lo llamaron «musaraña elefante», un nombre tan traído de los pelos como llamar «caballo marino» a un pez o «estrella de mar» a un bicho que ni brilla ni es pez. El pobre sengi ha pasado siglos cargando una identidad equivocada, hasta que la ciencia decidió hacerle justicia.
Tal vez el sengi no sea el animal más famoso de África. No ruge como el león, no impresiona como el elefante ni posa con la elegancia de la jirafa. Así que la próxima vez que conozcan a alguien, antes de sacar conclusiones, acuérdense del sengi. No todo el que lleva corbata es un caballero, ni todo el que viste bata blanca es médico. Después de todo, si un animal del tamaño de un ratón puede ser primo del elefante, cualquier árbol genealógico merece el beneficio de la duda.