
Sirena en la playa, 1917
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El sonido a desgracia me dolió antes de verla. Moviendo sin cuidado unos papeles, tiré al suelo la sirena de porcelana regalo de mamá que conservaba como su último recuerdo. El timbre de la puerta me descongeló. Manolo venía a buscarme para ir a comer. Ambos nos quedamos mirando los dos pedazos de delicada nereida fracturada por un hachazo en el pecho. Hubo un luto silente que Manolo rompió dándome una palmada en el hombro mientras me aconsejaba que saliéramos.
No estuve muy pendiente de cómo llegamos a Chen Wong, pero estaba seguro de que no era un restaurante chino. Manolo me franqueó el paso y, detrás del mostrador, un chino centenario de cuento, con anteojos redondos, coleta y barba de flecos de seda nos recibió impasible. Entonces Manolo se sacó del bolsillo las dos piezas de mi sirena, las puso delante del chino y me señaló:
─ Ahora… tú contar ─ dijo quien supuse que era Chen.
─ Cuéntale la historia de la sirena ─ insistió Manolo ─. Toda la historia.
Les conté entonces que mi madre me había educado leyéndome “La Odisea” como si fuera un cuento infantil mientras repetía que: “Todo lo que necesitas saber está en este libro”. En algún momento le pregunté por qué las sirenas estaban dedicadas a hechizar a los hombres para que se destruyeran y ella me contestó: “Lo que Homero no cuenta es tan importante como lo que cuenta… ¿Por qué hacen eso las sirenas?… ¡Averígualo!”. Y para que nunca me olvidara del asunto me regaló la figura que ahora yacía frente a Chen.
─ Y todavía no lo sé.
Manolo y Chen se miraron
─ Ahora tú… ─ Chen me espantaba como quien espanta moscas ─ irte… irte… fuera… fuera.
Estuve ausente varias semanas por trabajo y, a mi regreso, Manolo se presentó en mi casa con la sirena restaurada.
Parecía como si nunca se hubiera roto a no ser por la delgada línea de pequeñas grapas que unían las dos partes. Manolo adivinó lo que estaba pensando.
─ Chen usó una técnica antigua ─ comenzó a explicar ─ Nada de químicos modernos, solo pastas minerales naturales y grapas de oro fino insertadas con un taladro manual.
─ Como una cicatriz… ─ completé ─ ¿por qué lo haría así?
─ Puede que para que, al ver la cicatriz, sepas por qué las sirenas de Ulises hacían lo que hacían… un corazón roto puede albergar mucha rabia… ¿quizá todas ellas tenían roto el corazón?
Pensé en mamá y lamenté no poder decirle que un chino me había ayudado con la tarea.