
Imagen generada por la IA
Así se llama el lugar más visitado por mí en las últimas semanas.
Buena Voluntad o Good Will en inglés.
Mejor nombre imposible. Su lema es “Gracias por hacer la diferencia”.
Es una institución que se dedica a ayudar a quienes más lo necesitan recibiendo donaciones del público en general.
Estoy en un proceso despejarme y eliminar mi propio desorden, así que el Good Will se ha convertido en una visita habitual.
Es un doble placer, pues cada vez que dejo mis cajas a reventar, repletas de cosas que ya no necesito pero que a muchos pueden resultar útiles, salgo de allí ligera, como si pudiera volar.
Ciertamente que “dar” algo, así sea poco, es mucho más reconfortante que gastar dinero en cosas superfluas, o ese mal de nuestros días que yo llamo “insatisfacción crónica” que no es más que un reflejo de un gran vacío existencial.
Confieso que aparte de sentirme bien por ayudar así sea un poquito al prójimo, se siente bien liberarse de todo lo que uno va a acumulando con los años, que tuvo su lugar y su tiempo, pero ya no más.
Después de llenar varias cajas y llevarlas al Good Will, ya es hora de sentarme a descansar y recibir los regalos del universo, contradictoriamente, el mejor de todos: dar.
Regreso a casa con mis cajas vacías (solo para volverlas a llenar) pero con esa sensación de ligereza que mencionaba al comienzo.
Sí, mi conclusión, quizás demasiado obvia, mientras más se da, más recibe el corazón.
“En un corazón vacío no cabe nada,
en un corazón lleno cabe todo”.
(Leído al paso)