
Puente de Charing Cross, 1906
Fuente: https://www.wikiart.org/
Hay edificios construidos para durar y otros erigidos para dejar claro quién manda. La Torre de Londres pertenece a la segunda categoría. Guillermo el Conquistador la levantó tras conquistar Inglaterra, no para embellecer el Támesis, sino para que los londinenses supieran, desde lejos, que había llegado un nuevo dueño. La UNESCO la reconoce hoy como uno de los ejemplos más notables de fortaleza-palacio normanda del siglo XI.
A lo largo de los siglos, este lugar ha sido palacio, prisión, arsenal, Casa de la Moneda y, curiosamente, zoológico. Resulta que los reyes, además de coleccionar títulos, tenían la afición de coleccionar criaturas exóticas. Durante más de seiscientos años, la Torre albergó leones, un oso polar y hasta un elefante, regalo del monarca francés. Imaginen la estupefacción de un londinense medieval al ver pasar a semejante animal por la orilla del río; seguramente, el elefante resultaba más convincente que cualquier discurso real.
La Torre fue también una prisión de historias dignas de película. El obispo Ranulf Flambard, primer prisionero conocido, logró escapar en 1101 gracias a una cuerda escondida en un barril de vino. No sabemos si fue la fuga más ingeniosa, pero sí una de las pocas en las que el alcohol fue pieza clave en la logística.
Eso sí, la experiencia tras sus muros dependía de la billetera y el estatus. Mientras algunos nobles recibían visitas y hasta salían de cacería, otros vivían la cruda antesala de la muerte. Ana Bolena es el ejemplo perfecto: llegó allí para ser coronada reina y, tres años después, regresó como prisionera para ser ejecutada. La historia tiene un humor cruel al recordarnos que el poder siempre tiene una puerta de entrada y otra de salida…
Hoy, la Torre custodia las Joyas de la Corona y protege a sus cuervos. Dice la leyenda que, si estas aves abandonan el lugar, caerá el reino. No sabemos quién inventó semejante cláusula contractual con las aves, pero los británicos, expertos en administrar imperios, prefieren no correr riesgos y los cuidan como funcionarios de alto nivel.
Actualmente viven allí ocho: Harris, Jubilee, Poppy, Edgar, Georgie, Chaos, Henry y Poe. Ocho, por si acaso. Porque una cosa es creer en leyendas y otra, muy británica, es dejar siempre un margen de seguridad.