
No recuerdo cuándo fue que comenzó a escribir para el Atril, porque mi memoria la recuerda desde siempre. Tampoco llevo la cuenta de las veces que me agradeció por la obra de arte que escogí para su texto, o las veces que me dijo que para ella escribir era un desafío semanal y leer cada edición, la compañía de su desayuno de los domingos.
Le preocupaba muchísimo que a su texto le sobrara o le faltara algo.
“Leonor, quédate tranquila, que lo vamos a revisar”.
Y entre entrega y entrega terminamos por hacernos amigas. Las mujeres somos así. Los hombres pueden pasarse años conociéndose, pero ni siquiera saben cuántos hijos tiene el otro. Las mujeres, en cambio, ya a la segunda nos sabemos los nombres de la familia entera, lo que hacen y dejan de hacer. En fin, la conexión es mucho más directa y con Leonor no fue diferente: la primera comunión de la nieta, el nuevo cinturón de judo (¿o fue Kárate?) del nieto mayor, la llegada de los bebecitos que nacieron hace poco.
Fue por el bautizo de uno de ellos que se fue a España. Y allá fue que se sintió mal. Se debe haber sentido malísimo con sus dolores y, cuidado y no más por no molestar en tierra ajena, ella que siempre fue de ayudar, de no contar penas, de “no le quiero arruinar las Navidades a nadie”, como me dijo una vez.
También me contaba con todo el cariño posible de su fallecido marido, su inglés amado, la razón de su enorme nostalgia. Aprender a vivir sin él fue tal vez su pena más profunda, pero aun así fue tan generosa que se unió a un grupo de apoyo a gente en su misma situación y, de ser consolada, pasó a consolar.
Su última batalla contra la tristeza fue la decisión de vender la casa en la que ambos habían vivido, desbaratar lo construido a lo largo de tantos años y buscarse un apartamento de dos cuartos: “uno para mí, y el otro para los nietos, cada vez que quieran dormir en casa de su Nana”.
Era cariño, eran ganas de ayudar donde hiciera falta, era disfrutar de la poesía y de largas caminatas con los amigos, especialmente con el Pollo. No llegué a saber su verdadero nombre, pero sí de su entrañable amistad.
Leonor vivió con toda la plenitud de la que fue capaz, le ganó dos veces la pelea al cáncer y siguió adelante, adelante siempre.
Yo la voy a echar mucho de menos, porque además de ser una de las colaboradoras más puntuales, era mi amiga. No nos llegamos a conocer personalmente, pero tampoco es que haya importado mucho: nos unió esa amistad entrañable que construimos a través de la pantalla y la edición. Había confianza; me contó y le conté con el consabido “no se lo digas a nadie”, como si hiciera falta.
Es por eso que hoy escribo sobre ella: para darle las gracias, para expresarle mi cariño, para mandarle mi palabra de condolencia a sus amigos, hermanos, hijos y nietos y, bueno, para por último terminarme de creer que ya no está con nosotros, que es la parte que más me ha costado.