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Ya lo había escrito, pero lo repito: los prólogos son el letrero de hale o empuje en las puertas. Todo el mundo los ignora.
¿Cuáles son las razones para mantener, empero, esta oscura e incierta tradición, pese al escaso interés que suscita? Ensayemos algunas posibles respuestas.
Tal vez una razón de la existencia del prólogo es que los lectores de pocas luces, una vez leído el libro, tendrán alguna frase inteligente para hablar del mismo, repitiendo lo que dijo el prologuista.
Por lo común, en un gran grupo de casos, tenemos un libro de un autor no muy conocido: es el prologuista, el que lo presenta, quien atrae realmente la atención sobre aquel. De hecho, así se promocionan unos cuantos: compra esta edición, es la que trae el prólogo del célebre catedrático o escritor…
Empero, a mí no me halagaría mucho que leyeran un libro mío solo por el prólogo de otro. A quién le importa, diría alguien. De mí que hablen, aunque sea en prólogo.
Triste es el caso de una obra en la cual el prólogo sea superior al texto. De este libro es lo único que vale la pena. Más valdría, entonces, haber impreso solo el prólogo y dejar en planchas la obra.
Ahora, en general todos mienten o exageran cuando de prólogos se trata. Claro, como no pocas veces el prologuista es amigo del escritor, o fue su alumno o su maestro, o fue contratado por la editorial para esta tarea. Harán como el narrador de fútbol cuando juega el equipo de su país.
Si nos ponemos a creerles a los prologuistas, cada obra impresa es el inicio de un nuevo boom de la literatura, un clásico moderno de nuestras letras, un libro así solo aparece una vez cada siglo, y pare usted de contar.
Valiente sería el prólogo que dijera: esta obra es malísima, no la compre, no la lea. Ya sería un buen acicate para llevarle la contraria y comprarlo.
Género deplorable como pocos el del prólogo, entonces. Yo en lo particular, como tantos otros, tengo la necia costumbre de ignorar los prólogos. Por eso, como no los leo, ni los pido ni los escribo.
¿Que si me han escrito prólogos? Hasta ahora he podido salvarme. ¿Que si me han pedido prólogos? Preferiría no tener que hacerlo, digo junto con el señor Bartleby.
Preferiría, también, no tener que leerlo, digo y salto el prólogo y comienzo el texto, con la seguridad de no haberme perdido de nada.