
Imagen generada por la IA
Acabamos de ver una serie en Netflix llamada Amor y muerte que, trama aparte, cuenta con una dirección de arte excelente, capaz de llevarte a una típica ciudad estadounidense de los años 60/70. No me voy a meter en la historia, sino en los detalles.
Cuando la protagonista abre la lonchera que sus hijos traen del colegio, recordé perfectamente el olor a jugo de la mía, que era de lata, cuadrada, con los vaqueros de Bonanza. Es impresionante cómo uno puede evocar detalles tan precisos.
Más adelante, aparece la pareja en su carro con los niños atrás… y ahí se me disparó la memoria. En esa época no existían cinturones de seguridad ni sillitas especiales, como no fuera para niños muy pequeños. El banco de atrás era un universo aparte de lo que sucedía adelante. Cuando no había más nadie, me distraía mirando por la ventana y hablando sola. Creo que de ahí viene mi hábito. Como no había aire acondicionado y las ventanas se bajaban con manilla, me sentía en libertad de decir lo que quisiera, total, adelante no se oía.
Si iba acompañada —y la memoria me lleva más a mis primos que a mis hermanos— aquello era una fiesta. Mi tía Flor, madre de diez hijos, decía que se iba a comprar un carro redondo, porque todos querían ir en la punta. Yo me lo creía a pie juntillas. Mi tía Carmelina tenía un carro azul donde llevábamos a mi primo Jóse al internado los domingos. Con los hijos de mi tía Irene siempre había un juguete a disposición. Con cada uno de mis primos se desarrolló una complicidad única, profunda e inquebrantable que nos acompaña hasta el día de hoy.
A veces la rochela era tal que terminaban separándonos: “Tú te vienes adelante y tú te quedas atrás”, porque los adultos no nos aguantaban. Otras veces protestaban: “dejen de pelear, que me van a hacer chocar”. Yo no le veía relación, pero en fin. Era un mundo paralelo. No nos interesaban las conversaciones de los adultos; nos resultaban ajenas. Nos reíamos de tonterías, inventábamos juegos —como ver quién encontraba más carros rojos o quién aguantaba más sin respirar— y vivíamos nuestra propia realidad.
El banco de atrás, guarda mis memorias de infancia como una burbuja. Vean la serie, que seguro coinciden conmigo…