
Fuente: https://images.nasa.gov/
Durante la transmisión del lanzamiento del cohete SLS que lleva la nave Orion, algo me conmovió, como si formara parte de mí. Había pasado incontables horas siguiendo cada detalle, maniobra y palabra hasta el momento del liftoff. Ver un cohete que rompe la gravedad y se pierde en el cielo es alucinante; pero de todo aquello —la potencia de los motores o la impresionante estela que deja— no fue lo que se me grabó, sino un comentario en medio de la transmisión: los astronautas podían llevar consigo objetos personales.
En la cápsula Orión, donde cada gramo cuenta y el espacio es apenas el de un camper, esa concesión pudiera parecer absurda. Transportar un kilo hasta la órbita lunar cuesta mucho. Sin embargo, allí, en medio de incontables e inimaginables piezas, hay un espacio reservado para algo que no es para pilotar.
Cada astronauta lleva una bolsa personal —la PPK— pequeña pero con una promesa. Victor Glover una Biblia, sus anillos de boda y una reliquia familiar: lo que deja atrás. Christina Koch notas escritas por sus seres queridos, como ecos en el espacio. Jeremy Hansen un collar con la frase “Moon and back” con los nombres y piedras de su familia, y una concesión: sirope y galletas de maple. Reid Wiseman, un cuaderno para escribirle a sus hijas. No son solo simples objetos: son vínculos, fragmentos de una vida, que no deberían caber, pero que insistimos en que si.
Hace medio siglo, en las misiones Apolo, ocurrió lo mismo. Mientras lográbamos una de nuestras mayores hazañas, Neil Armstrong llevaba consigo un fragmento del Wright Flyer, el primer vuelo acompaña al más audaz; y Buzz Aldrin decidió no llevar un objeto, sino un símbolo: allí, en el lugar más inhóspito, decidió comulgar.
Quizás esta sea la ironía más profunda de la exploración: cuanto más lejos vamos, más necesitamos recordar quiénes somos. La tecnología nos empuja, pero algo se resiste a desprenderse del origen. Avanzar implica, inevitablemente, seguir siendo: Homo Sapiens Sapiens.
Mientras seguía la transmisión, recordé ese instante en que se mencionó esos objetos. No era un dato, era una declaración. En la misión más extraordinaria, nuestra huella perdura.
Continúo viendo el transitar de la nave Orion, atento a cada avance, cifra y logro. Pero ya no veo a cuatro elegidos; veo a cuatro personas que se llevan consigo aquello que no tenía cabida, y que aun así era lo más necesario.

Abogado con diplomado en Gobernabilidad y formación en Gestión Administrativa. Se desempeña como asistente administrativo en Valencia, España, con experiencia en gestión pública y privada. Ha desarrollado proyectos de divulgación científica y escribe textos centrados en la ciencia ficción, la filosofía y la experiencia humana. Actualmente se forma en el área de la educación, orientado a la docencia y la reflexión sobre la sociedad contemporánea.
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