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Hay dos certezas en Brasil: la de que un día nos vamos a morir y la de que quien canta, sus males espanta. A diferencia de otros países, nos abrimos generosos a cualquier ritmo; con solo sonar, ya estamos encantados. Fue lo primero que me quedó claro al mudarme para allá: si quieres entender el país, aprende a cantarlo. Brasil respira música y vive a través de ella.
Tampoco existen las generaciones musicales. Caetano ha escrito líneas incrustadas en la psicología brasileña. ¿Quién no ha repetido que “de cerca nadie es normal” o que “hay que optar entre el insecto y el insecticida”? Todavía hoy se corean en cualquier barcito; su obra es patrimonio nacional y no tiene fecha de caducidad.
Él mismo inmortalizó en su himno a São Paulo aquello de que “Narciso acha feio o que não é espelho”. Pero la genialidad de Caetano radica justamente en eso: logró romper el egoísmo de ese espejo para convertirse en el reflejo de toda una nación, uniendo las esquinas más contradictorias de su cultura.
Anoche se presentó ante más de siete mil personas en un estadio lleno. Sorprendió la edad del público: mucha gente madura, pero también muchísima gente joven. Caetano fue la vanguardia de los 60 y 70: resistencia, exilio y cárcel. En su libro Verdad tropical cuenta que cuando la policía fue a llevárselo preso, aún no dimensionaba la gravedad de lo que estaba llegando. En la comisaría le preguntaron por Gilberto Gil e, ingenuamente, respondió que lo había dejado en su apartamento “namorando”. El episodio quedó como el reflejo de la total inocencia, informalidad y falta de solemnidad con la que los jóvenes artistas trataban el terror del régimen. No sabían que llegaría el impensado exilio, la persecución. Solo les importaba la música.
Hoy, con 83 años, Caetano tiene una energía que nos deja con la boca abierta. Ya no escandaliza a nadie, pero a los jóvenes les fascina. Para ellos es una herencia; para nosotros, representa nuestro propio protagonismo pasado. Caetano nos trae sol y juventud, cuando el mundo era nuestro: grande, de bikinis chiquitos y Coca-Cola para broncearnos.
Anoche, miles de personas con sueños distintos nos encontramos para revivir una música que nos toca la fibra. El concierto demostró que la tristeza ni puede pensar en llegar cuando él está en escena. Al ritmo de Odara, jóvenes y nostálgicos fuimos una sola voz, reflejados en el mismo espejo: mientras Caetano cante, el mundo tiene sentido.