
La perfeccionista,1936
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Olivia es una excompañera de estudios que lo tiene todo menos la satisfacción de tenerlo todo. Era la mejor de la clase, graduada con honores, contratada apenas dejar la Universidad por una reconocida editorial donde, de manera meteórica, pasó de novata a gerente de primera línea, cargo que armoniza con un matrimonio que todos envidian, unos hijos que todos quieren y un futuro que todos se rifarían.
Y aún así: “Olivia está triste ¿qué tendrá Olivia?” pensaba yo mientras me dirigía a celebrar sus 35 años. Cuando ella me recibió en el gran salón con un abrazo cariñoso, confirmé que todavía conservaba la mandíbula encajada y los ojos inquietos de siempre, como si temiera algo.
Hablé, sonreí, recordé algún chiste no vulgar y seguí espiando a Olivia que no paraba de circular por el salón atendiendo a todos y dictando suaves órdenes para que su personal no permitiera copas vacías, platos abandonados o una mancha en el mantel. Sus dos hijos desfilaron muy peinados, muy vestidos y muy sonreídos delante de unos invitados que se felicitaban por conocer a unos niños tan bien educados.
Un poco harto del ambiente, me dirigí a la mesa del buffet y cuando me disponía a apropiarme de una pequeña cola de langosta, una mano más rápida que la mía la secuestró de mi vista y de mi gusto. Era Manolo.
Resultó ser que Manolo había sido profesor del marido de Olivia y siempre le invitaba. Decidido a explorar nuevas experiencias, Manolo aceptó en esta oportunidad y henos aquí a los dos.
─ Tuvo mucha suerte tu alumno… casarse con Olivia es un premio ─ dije
Manolo se encogió de hombros, probó un bocado de la langosta y después de degustarlo me dijo
─ Ella está enferma ─ me alarmó ─ …tiene Perfejismo
─ ¿Qué es eso?
─ Es una afección que te impide entender que la perfección es solo un espejismo. Quieres hacer todo perfecto y vives en la angustia de que algo salga mal ─ Manolo continuó ─ en su etapa más grave ya no se trata de que los demás crean que lo que haces está perfecto, sino que tú mismo estás pendiente de alcanzar lo inalcanzable ¿me entiendes?
Manolo terminó la langosta mientras argumentaba que, además, la perfección es ofensiva. Las personas sabemos que no somos perfectas y cuando alguien pretende serlo, nos insulta.
─ Hay que buscar la perfección solo por disfrutar de la búsqueda ─ Manolo se dispuso a marchar ─ por cierto, la langosta no estaba perfecta… pero estaba deliciosa.