
Fuente: Casa de SM el Rey
La realeza europea ya no oculta sus emociones como en el pasado. Antes lo hacía para preservar la idea de ser seres sagrados, designados por Dios; no manifestar emociones los colocaba por encima de sus congéneres. Isabel II de Inglaterra se reía poco y, en muy escasas oportunidades, alguna lágrima surcó sus mejillas. Los reyes no lloraban en público y tampoco debían hacer alarde de sus alegrías, como una manera de blindar su vulnerabilidad.
Hoy esa actitud ha cambiado. Los hemos visto emocionarse al visitar una región devastada por el barro o por el fuego, o saltar de felicidad ante el triunfo de un deportista. Lejos de interpretarse como debilidad, estas acciones dibujan su empatía. Atrás quedó la armadura de ser diferentes o superiores para mostrarse cercanos y receptivos. Por lo tanto, la monarquía, lejos de perder su valor como institución, pasa a justificarse al transformarse en una organización cercana y unificadora.
Podemos decir que esta especie de mutación responde a una necesidad de supervivencia institucional. La nueva generación de príncipes británicos vibra en las gradas de un estadio y celebra un gol con abrazos, lo que demuestra que están en sintonía con su gente. Esto se confirma cuando abrazan a la víctima de cualquier calamidad y no lo hacen por protocolo. Quizás esto tendrían que agradecérselo a Diana de Gales, quien se transformó en un elemento catalizador que permitió que la monarquía recobrara utilidad dentro de la sociedad.
Los reyes de España regalaron una imagen que podría ser la de cualquier familia: reunirse a ver un partido y celebrar ese triunfo. Pero respaldar a su selección va más allá de aplaudir goles; es respaldar la imagen de una nación.
Esta capacidad de conmoverse —tanto en la gloria como en la tribulación— humaniza a una institución que muchos consideran obsoleta. Al permitirse la emoción, los reyes han entendido (eso espero) que su verdadero poder ya no reside en el derecho divino, sino en la capacidad de conectar con el ciudadano común a través del lenguaje universal de los sentimientos.