
Melencolia I, 1514
Fuente: en.wikipedia.org
La conferencia iba de “Cuando la entropía nos alcance” y a mi editor le pareció interesante que yo asistiera y a mí me pareció prioritario no discutir con él cuando pienso pedirle un aumento.
Consulté con la IA el asunto de la entropía, pero el tema me seguía pareciendo una mezcla de termodinámica y ciencia ficción. Sin embargo, cuando investigué al conferencista descubrí que había dado la misma conferencia 56 veces y que todas habían terminado en disturbios. Esto ya era mucho más interesante.
El hombre resultó ser entretenido y riguroso. Partió de que la entropía mide el estado de desorden de un sistema y que todo sistema espontáneamente tiende a aumentar su entropía, o sea, su desorden. Por eso el agua se evapora, un cuarto se desordena si no lo organizamos o perdemos un documento que vimos la semana pasada y necesitamos. Así se genera el caos.
Hasta aquí, todo bien.
Pero de lo cotidiano, el conferencista pasó a otros sistemas que cumplen la Ley universal de la entropía: el tráfico, una institución, un país o el planeta entero. De manera que cuando la entropía nos alcance, y nos alcanzará, el grado de desorden será máximo y mientras más entropía haya, habrá menos energía para hacer cosas útiles. Ningún sistema, ni nuestra propia cabeza, se salvará, a menos que hagamos algo, que nos ordenemos a nosotros y al entorno. Esto no ocurrirá de manera mágica, sino que requiere esfuerzo… ¿de quién?
Y aquí vino lo bueno.
Al dejar la pregunta en el aire se dio la orden de fuego a la batalla de ¿Quién es responsable? Unos gritaban que los gobiernos, otros decían que las religiones, otros que los padres, porque tenían experiencia y otros, que los hijos porque de ellos era el futuro. Los gritos subieron de tono y en medio del desastre, el conferencista desapareció. Yo esquivé una bota voladora y me dispuse a seguirle.
Lo encontré en un rincón del escenario guardando sus papeles en un maletín. Permanecimos en silencio y quietos hasta que el fragor de la batalla desapareció. El suelo del local había quedado lleno de papeles, las sillas empapadas de humores varios y algunos respaldos desprendidos.
─ Hoy fue la número 57, pero tampoco resultó. Todos escuchan lo de la entropía como un tema de discusión, pero se van con el caos en el cuerpo ─ me dijo.
Le pregunté por qué insistía en repetir esa conferencia.
─ Porque no puedo dejar que la entropía gane.
Y se fue.