Me llegó la inspiración para esta tarea el domingo pasado.
Disfrutábamos de una espectacular paella en familia, créditos para mi maravillosa consuegra.
La tarde esplendorosa, no había ni una nube en el cielo. El sol se sentía en la piel como un lanzallamas; un Albariño, grata conversación, en fin, una tarde de domingo ideal.
De repente, una brisa fría, nubarrones y granizo.
¡Sí, granizo! Del tamaño de pelotas de golf.
Menos mal que ya habíamos comido.
Hay un dicho aquí en Calgary que dice que, si no te gusta el clima, espera cinco minutos porque cambiará.
El incidente me recordó esta película argentina, Granizo (2022), que vi hace unos meses en Netflix.
Una comedia que confieso he visto tres veces, con algunos de mis hermanos y la verdad, cada vez que la veo me río más.
Se trata de un meteorólogo famoso en Buenos Aires, Miguel Flores (Guillermo Francella) que cae en desgracia por fallar un pronóstico del clima. ¡Y de qué manera!
Si, es inverosímil, tal vez eso que yo llamo, absurdo radical. Pero la trama demencial es para morirse de la risa, al menos según mi caótico sentido del humor. Nada más la mascota de Miguelito, un pececito llamado Oswaldito, me produjo carcajadas.
Sin embargo, como en todo humor inteligente, la película posee un mensaje de fondo, una reflexión sobre la reconciliación.
Entre risas e incongruencias, la película habla de un desencuentro.
Un padre que perdió a su esposa trágicamente (alcanzada por un rayo, de ahí su interés en la meteorología) y una hija, Carla, que se sintió abandonada.
Al final se produce un bello encuentro en la ciudad de Córdoba, Argentina.
Pero lo mejor de la película: la magistral escena final.
Una perla de sarcasmo en un gesto que resume mucho de la naturaleza humana.
¡Qué risa! No se la pierdan.
Granizo.