Gente que Cuenta

Hilos Nocturnos – Federico Gana

The Bus, 1929 by Frida Kahlo

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Puede ser cualquier cosa, a esa hora de la medianoche, lo que esté en la voluminosa bolsa de
supermercado que cuida con cierto celo. Como que la esconde. Puede llevar un chaquetón por
si más tarde se enfría. Cualquiera prenda que abrigue. Que acompañe. O podrían ser
sandwiches para la venta callejera, algo así como marraquetas dobles con mortadela,
envueltas en papel para que no desprendan mucho olor ni despierten el apetito a los pasajeros
del bus. Pensará que intentarían robarle. Siempre hay hambre, en la medianoche. O pueden
ser muchísimas bolsitas de pañuelos para sonarse, algunos ya usados, esas servilletitas de
papel muy delgado, envueltas en una bolsita plástico con harta publicidad impresa y que se
botan en cualquier parte. La mujer tiene cara de que los guardaría, por higiene, en la bolsa. La
mantiene a su izquierda, afirmada en el asiento del bus. Por supuesto, pueden ser también
algunas compras del supermercado y, en ese caso, ella feliz y provista.
Con calma, desde la misma bolsa saca un teléfono y llama. Habla como madre nerviosa y
preocupada que dice a su hija que ya llegará a su trabajo. Que la llamará apenas llegue. Corta
y piensa que es tan diferente de todo esto, su hija.
Guarda el teléfono y mira la hora, aunque la sabe perfectamente. Recibe, casi al instante y con
sorpresa, un llamado. Que ya va, responde nerviosa. Insegura agrega que algunos minutos,
nada más. Que sí, que lleva todo. Luego y sin despedida, como disimulando que le hubieran
cortado sin decirle adiós, guarda nuevamente el aparato y con el mismo movimiento de su
mano saca de la bolsa un minúsculo colaless negro con incrustaciones brillantes. De una cajita
plateada toma una aguja con su hilo negro que, en su diestra mano derecha, entra y sale de la
prenda femenina. Por su tamaño, podría despertar la imaginación de cualquier persona
interesada pero parece no importarle que algunos pasajeros se den cuenta.
La mujer cose apurada, como si la prenda fuese a ser usada en el mismo instante. Pero es
medianoche y en un microbús de la locomoción colectiva. No calza. Sentada junto a la ventana
del microbús no mira hacia el exterior. Con aparente indiferencia se encierra ensimismada en
su labor de repentina costurera en viaje. Revisa si lleva consigo una libreta de anotaciones. Su
libreta indispensable. De improviso, por primera vez mira por la ventana. Dobla el calzón lo
más perfectamente posible, que parezca nuevo y lo envuelve en una pequeña bolsita de color
rosado, intentando quitarle lo arrugado a tirones muy suaves. Casi acariciándolo. Rebobina el
hilo con rápida técnica, mete aguja e hilo en la cajita plateada y toma la bolsa voluminosa
llena de ropa. Introduce la bolsita pequeña en ella y se levanta pesadamente del asiento,
dirigiéndose hacia la puerta de bajada. Vuelve a revisar si su libreta de anotaciones sigue ahí
con ella. Su compañera.
Al detenerse el vehículo de la locomoción pública en el siguiente paradero, la mujer le da las
gracias al conductor, en alta voz, como si se conocieran. Y desciende. Es más de la
medianoche. Es una esquina del barrio alto. Es una noche de sábado. Es una noche de mucho
trabajo para la mujer que cose en el bus.
Cuando llega a su destino, el rostro de indiferencia se acentúa pero la mujer no se encierra en
sí misma. Debe actuar. Presurosa, de urgencia. La necesitan en los vestidores. La primera
persona que se le acerca es una joven rubia, demasiado rubia para ser cierto. Delgada y de
tacones altos, apenas tapada con un minúsculo sostén negro. Sin mediar palabra, la falsa rubia
resalta su impaciencia. La mujer del bus abre su bolso, saca la bolsita rosada del colaless y se lo
entrega, en silencio. Meta cumplida. Otra señorita le ordena, también con urgencia, que le
remiende de inmediato su blusa de seda transparente, que se le ha deshilachado. Saca hilo
delgado e incoloro de la cajita plateada, lo enhebra nerviosa y comienza a coser. Otras jóvenes, semidesnudas, le piden que haga café, que tienen frío. Luego, en su libretita anota nombres,
tipos de prendas y cifras de dinero.
Un largo rato después, cuando ya ha comenzado el show en las primeras horas de la
madrugada, recién se siente con permiso para tomar el teléfono. Llama a su hija y le dice con
un delgado hilo de voz que sí, que alcanzó a llegar antes de que se vistieran las niñas, llegaran
los clientes y se encendieran las luces.

Como periodista, Federico Gana Johnson siempre batalló entre la limitada certeza de la actualidad informativa y la infinita realidad de la Literatura que, con los años, está ganando la batalla. Federico vive en Santiago, tras un largo periplo de labor profesional por muchos países de América y Europa. Se desarrolló profesionalmente en la Comunidad Económica Europea, trabajó largos años en áreas comunicacionales  de la Gran Minería chilena y en el diario El Mercurio, decano de la prensa del país. Ha sido profesor universitario en Chile y en Venezuela y ha publicado varios libros con sus obras literarias.  

federicogana.j@gmail.com

 

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